Hay decisiones en la vida que te marcan para siempre. No elegí irme de Argentina, sino que elegí ir a vivir España.  Esta fue una de ellas.

Era septiembre del año 2002, el siglo 21 estaba recién dando sus primeros pasos. El mes de la vuelta al cole en Europa. Y pusimos rumbo a España. Dejando atrás el invierno porteño para comenzar el otoño en Barcelona. 

Era septiembre del año 2002 y estábamos empezando una nueva vida.

Dar un paso así requiere de dosis de valentía y de inconsciencia. Cuando eliges irte, estás renunciando a lo que queda, especialmente a los que quedan. Y se quedaban en Buenos Aires los familiares y los amigos.

Barcelona estaba radiante, soleada, acogedora. El jet lag, la ansiedad y los nervios se entremezclaban con la ilusión y las expectativas de una vida nueva. 

Volver a empezar. 

Volver a empezar no es nada sencillo, pero te pone ante una encrucijada: es que te vaya bien o te vaya bien. No hay plan B, ni C ni D.
Y para nosotros, que nos fuera bien, era recuperar calidad de vida, estabilidad, seguridad, progreso y proyecto de futuro. En el haber estaba eso. En el debe, una losa emocional que habia que gestionar.
Y como todo inicio, uno esta pleno de nervios, miedos, dudas a la vez que tienes una energía desbordante e ilusiones a full.
Hasta que te chocas, de frente, con la cruda realidad.
Montañas de horas en trámites, extranjería, policía, consulados, ayuntamiento, servicios y etcéteras. Cordilleras de “noes” a posibles proyectos o potenciales clientes. Una cuenta de banco que se va consumiendo y unas expectativas que no se cumplen en los tiempos mentales que traías en las maletas. 

Renunciar no es una opción.

Fueron una avalancha de cambios simultáneos. En todos los niveles y a todo nivel, personal, profesional, emocional, vital.
Lidiar con tantos cambios a la vez, fue un ejercicio de maduración extraordinario, no exento de dolores.
Teníamos claridad en que queríamos vivir en España. Y le pusimos el pecho a las balas, para hacer de nuestro sueño una realidad.
Y en el camino hubieron personas muy especiales, con una generosidad que nunca podremos agradecer demasiado, que nos fueron dando una mano y muchos abrazos.
Nos sentimos cada vez más seguros en los pasos que estábamos dando y en la elección y en la decisión tomada. Y avanzamos.

Avanzar.

Atravesar el valle del dolor (los comienzos son duros) nos fortaleció. Re aprendimos que alcanzar un sueño lleva tiempo, recordamos que el esfuerzo es un aliado clave para cualquier camino y nos re conectamos con el por qué de nuestra venida.
Y recordar nuestro por qué nos daba fuerza y energía para seguir.
No vinimos a ganar dinero, vinimos buscando una vida mejor, y que si como resultado nos hacia ganar dinero, mejor. Una vida en la que los niños pudieran jugar en la calle sin temor, de los padres.
Una vida en la que 10 es 10 y lunes es lunes. Una vida en la que podes proyectar a futuro.
Una vida en la que les puedes dar a tus hijos más oportunidades. Una vida en la que no estás mirando hacia atrás cuando vas por la calle.
Una vida en la que no tienes miedo.
Una vida en la que la moneda vale lo mismo ayer, hoy y mañana. 

Saliendo del pozo.     

Cuando vas encontrando un poco de estabilidad en tu nuevo país, te empiezas a hacer amigo de aquello que anhelabas.
Puedes empezar a respirar más tranquilamente, te vas afianzando, vas soltando amarras con Buenos Aires.  Aunque casi habías quemado las naves siempre estás conectado.
Aprender, aprender más, y más fue clave.
Ver, observar, escuchar, comprender, y sobretodo hacer.
Tener un foco en progresar quita fantasmas de la cabeza y ayuda a crear con valor. El paso de los meses nos fue conectando con nuestra nueva realidad, y nuestra nueva realidad nos entusiasmaba.
No vamos a negar que cuanto mas te establecías en tu nuevo hogar, menos complicado era entender que ya no tenías un corazón partido, sino que ahora tenías dos corazones. 

Creer para crecer. 

Tras años en la ciudad condal, nos mudamos a Madrid. También en septiembre, también en otoño. Madrid estaba radiante, soleada, acogedora.
Esta mudanza también fue dura; pero no tanto como la primera. Dejábamos unos años y experiencias extraordinarias.
Le decíamos hasta luego a nuestra segunda casa, a la ciudad que nos vio renacer y volver a comenzar. Y al igual que nos daba melancolía dejar atrás Barcelona, nos entusiasmaba mucho llegar a Madrid.
Y el comienzo en Madrid fue muy distinto.
Ya las montañas de trámites empezaban a ser sierras y las toneladas de dificultades se iban transformando en oportunidades.
Madrid nos recibió diferentes, mejores, más armados, más cerca de nuestros sueños. 

La capital.

Me preguntaron un millón de veces si me gustaba más Barcelona o Madrid. Que es casi como si te preguntarán si quieres más a tu padre o a tu madre.
Las dos ciudades cumplieron un papel esencial en estos años en España.
Cada una a su manera y con sus maneras nos ayudó a evolucionar, creer, compartir, mejorar y crecer. A las dos les tengo un cariño inmenso.
La llegada a la capital nos encontró más fuertes y seguros.

Y lo que el tiempo trae, en muchos casos, es claridad. Tanto en lo personal, como en lo profesional y lo vital todo progresaba adecuadamente. Y nuestra decisión tenía cada día más sentido. 

Este septiembre celebramos 20 años en España.

En España nacieron dos de nuestros tres hijos, una en Barcelona y el otro en Madrid.
Hicimos nuevos amigos, que son la familia extendida.
Pudimos encontrar la armonía y la estabilidad que añorábamos.
Conseguimos ofrecer a nuestros hijos un abanico de oportunidades.
Crecimos como personas y como familia.
Contribuimos con nuestros proyectos a generar trabajo, desarrollo y evolución.
Publicamos tres libros, plantamos decenas de árboles, recorrimos casi todo el país (que país más increíble).
Aprendimos a amar España sin dejar de ser argentinos.
Descubrimos que las distancias son relativas y que el tiempo es una herramienta mental.
Supimos transformar los dolores en crecimiento.
Lloramos a la distancia la muerte de seres muy queridos.
Comprendimos que el querer de verdad no conoce de fronteras.
Pude tomar mate cada día conectando con mis raíces y celebrando los años vividos en mi amada Buenos Aires. 

En veinte años pasan muchas cosas, aunque el tango diga que no son nada. 

Decides ir a empezar de nuevo a otro país, cruzarte el charco con dos maletas llenas de proyectos, dormir la primer noche en un colchón sobre el piso y preguntarte, dominado por el temor a lo nuevo: ¿Qué carajo hago acá? 
Dejar de trabajar en relación de dependencia para emprender.
Ver cómo crece tu familia y como los amigos de verdad siguen ahí, veinte años después.
Recorrer el mundo dando conferencias o dictando clases o creando o transformando marcas. 
Un hijo se recibió de ingeniero, otra comenzó la universidad y el tercero está con un pie en bachillerato.
Te salen canas y se te arruga la piel, se te llena el corazón con todo lo alcanzado y logrado. 
Aprendes lo que no está escrito. Y con todo lo vivido te alegras de haber tomado la decisión que tomamos hace dos décadas.
 
Nunca podremos agradecer lo suficiente la generosidad de las personas que nos ayudaron en los comienzos y a lo largo de los años.
Y siempre nos acompañará la alegría de haber conocido y compartido con nuevas personas, en el plano personal y profesional, momentos y experiencias irrepetibles. Veinte años de gracias.
Y acá estamos, veinte años después. 
No elegimos irnos de Argentina, sino que elegimos vivir en España. Sin duda, hay decisiones en la vida que te marcan para siempre. 
Era septiembre del año 2002 y estábamos empezando una nueva vida. 
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