Una de las cosas que más valoro de mi trabajo es la posibilidad de trabajar con personas que me inspiran. Recientemente, en un cara a cara con una de esas personas, me dijo algo que me quedó grabado, “la pandemia ha dejado los corazones fríos”. Los encierros, las distancias físicas, los distanciamientos sociales, la soledad han sido determinantes para que se nos hiele el corazón. 

Ciertamente los ánimos van mejorando con la esperanza de los avances en la vacunación, una conciencia más despierta sobre los riesgos y la labor de la ciencia para sacarnos de esta pandemia. Queda menos, aunque hay secuelas, físicas y emocionales que tardaremos en dimensionar. 

Una de ellas, que no es hija del coronavirus, sino que ya se había transformado en una epidemia silenciosa es la soledad.

La soledad no es lo mismo que estar solo. 

Algunas personas se sienten maravillosamente bien cuando están solas, mientras para otras es pavoroso. La soledad podría ser esa sensación subjetiva de que las relaciones sociales no son suficientes o se han perdido. La soledad empieza a asumirse como un mal contemporáneo mundial y en algunos países ya es asunto de Estado.

Si el impacto de la soledad es tan grande, ya debería haber políticas para hacerle frente a este drama social, pero sólo sucede en una escala pequeña a nivel internacional.

Ministerio de soledad.

En Gran Bretaña, con 9 millones de personas solas, jóvenes y ancianos, parece haberse comprendido la premura. La ex primera ministra Theresa May resolvió la creación de una Secretaría de Estado, dependiente del Ministerio de Cultura, Deporte y Sociedad Civil, para tratar el problema de la soledad. Luego se creó el “Ministry of Loneliness” (el Ministerio de la Soledad). El primer ministro de la soledad del mundo aborda desde entonces ‘la triste realidad de la vida moderna’. Incluso podemos leer afirmaciones sobre esta triste realidad que dicen que es una «creciente epidemia de salud”.

En Japón, el Gobierno nipón, siguiendo el ejemplo del Reino Unido, ha nombrado recientemente un ministro de la Soledad.

En un informe titulado Japón debería tener un ministro para la gente sola, el Instituto de Investigaciones Mizuho, indicaba que en 2040, el 40% de los hogares japoneses serán unipersonales. En Japón, las muertes solitarias entre los ancianos tienen un nombre, Kodokushi.

La soledad mata.

Una de las cosas que nos ha recordado la pandemia es que cuando nos distanciamos, nos exponemos nosotros mismos a riesgos enormes emocionales. Se ha demostrado que muchas personas que están solas suelen acabar enfermando. Las heridas curan peor ya que el sistema inmune es más débil. Esto provoca, además, que se incremente la posibilidad de sufrir trastornos cardiovasculares, diabetes y depresión. Los expertos afirman con contundencia que “el aislamiento mata, es un hecho”.

Tras analizar durante años los datos de cientos de miles de personas, un equipo de investigadores de la Brigham Young University llegó a la conclusión de que aquellos individuos con buenas relaciones sociales tenían una probabilidad un 50 por ciento mayor de seguir con vida pasado el periodo estudiado, independientemente de su edad, su sexo y su estado inicial de salud.

La soledad resulta tan perjudicial como el tabaquismo o la obesidad.

Leyó bien, la soledad entre los mayores de 60 años aumenta la mortalidad tanto como el tabaquismo. Y la soledad crónica en este grupo de edad es tan mala como fumar 15 cigarrillos al día.

La preocupación se extiende a casi todos los grupos de edad. Los jóvenes tampoco son inmunes. Según la Oficina de Estadísticas Nacionales del Reino Unido descubrió que los jóvenes de 16 a 24 años informaron sentirse más solos que los jubilados de entre 65 y 74 años. La tecnología, como Internet, se considera una fuente de aislamiento para los jóvenes y al mismo tiempo, puede ser una solución para las generaciones mayores, manteniéndolas conectadas con sus seres queridos.

El “efecto Roseto” 

En la ciudad de Roseto el número de personas que sufrían un infarto era tan reducido en comparación con los habitantes del este de Pennsylvania, que los especialistas que estudiaban ambas zonas llegaron a creer que los habitantes italianos eran portadores de unos genes especiales que protegían sus corazones.

Años más tarde, los expertos dieron con la clave: los residentes de este pueblo nunca se sentían solos y mantenían relaciones muy estrechas. Sobreponerse a la soledad no es tarea sencilla y requiere de la involucración de la sociedad, en todos sus ámbitos. La contratación empírica nos demuestra que la convivencia ofrece una fuerte protección contra la enfermedad y la muerte. La soledad, en cambio, puede llegar a matar como el tabaco, la obesidad o la hipertensión. 

Corazones calientes.

Recordando la conversación con este gran líder, al que admiro y respeto, la soledad en uno de los mayores problemas públicos de salud. Y la mayoría de países no tiene registrado el fuerte impacto que este estado tiene sobre el organismo y la mente. Varios expertos creen que la soledad debe recibir las mismas atenciones que otros trastornos, como la depresión, con el fin de evitar que las personas enfermen o mueran por su culpa.

Se atribuyó la salud de Roseto a la baja tensión. La comunidad, era muy cohesiva, no había competiciones entre vecinos. Los ancianos eran respetados e incorporados a la vida comunitaria.

La pandemia nos ha dejado muchas cicatrices pero a la vez muchos aprendizajes. Uno de ellos es que si conocemos a alguna persona que está sufriendo de soledad, no la abandonemos, no le soltemos la mano, no le demos la espalda. La ignorancia era peligrosa en tiempos en los que no estábamos al tanto de lo que sucedía, pero ahora sabemos, y no podemos ignorarlo. 

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