
Hace unos días, un par de amigas me preguntaban por qué el fútbol lo tapaba todo. Lo decían con buena intención, con cierta incomodidad, quizá con algo de cansancio, quizá con esa sensación comprensible de que hay temas mucho más importantes que deberían ocupar más espacio en nuestras conversaciones, en nuestras pantallas, en nuestros titulares, en nuestras prioridades.
Y tienen razón.
El fútbol no es más importante que la salud, la educación, la convivencia, la paz, la justicia, el bienestar, la familia, el trabajo digno o la posibilidad de vivir sin miedo. No lo es. No debería serlo. Ningún gol debería tapar una urgencia social, ninguna final debería anestesiar una injusticia, ninguna camiseta debería hacernos olvidar que la vida real sigue esperando fuera del estadio.
Pero quizá la pregunta no sea si el fútbol es más importante.
Quizá la pregunta sea otra.
Quizá la pregunta sea por qué, en determinados momentos de la historia, tantas personas necesitan que algo las reúna, las alivie, las distraiga, las ordene emocionalmente durante un rato.
No creo que sea un tema de género. Ni siquiera creo que sea solamente un tema de fútbol. Creo que es, sobre todo, un tema de prioridades, pero también de necesidad emocional. Porque una cosa es confundir el fútbol con lo esencial, y otra muy distinta es entender que, en un mundo tan convulsionado, muchas personas necesitan un oasis, un escape, un recreo, una pausa simbólica para volver a respirar.
Desde la pandemia del COVID-19, el mundo viene viviendo con el sistema nervioso alterado. No hace falta recordarlo demasiado, especialmente si uno vive en Latinoamérica, en Estados Unidos o en España. Hemos atravesado encierros, pérdidas, miedo, incertidumbre, inflación, guerras, polarización política, discusiones feroces, ansiedad, soledad, duelos pendientes, crisis institucionales, pantallas encendidas todo el día, noticias urgentes cada cinco minutos y una especie de cansancio de época que no siempre sabemos nombrar, pero que muchos sentimos.
El mundo siguió girando, sí.
Pero mucha gente quedó girando por dentro.
En ese contexto, el Mundial aparece como algo más que un torneo. Para millones de personas es una descompresión colectiva, una especie de cámara hiperbárica emocional, un lugar simbólico donde durante un rato baja la presión, el ruido se ordena, la tristeza se distrae, la ansiedad encuentra una forma de gritar y la esperanza vuelve a tener una camiseta.
No cura lo que duele. Pero permite respirar distinto.
No resuelve los problemas de la vida. Pero ofrece un recreo.
Y a veces, cuando la vida se vuelve demasiado seria durante demasiado tiempo, un recreo también es una forma de cuidado.
El Mundial es, en ese sentido, como el recreo largo del colegio. Tarda años en sonar el timbre. Lo esperamos, lo imaginamos, lo discutimos, lo anticipamos. Y cuando por fin llega, salimos todos corriendo al patio emocional de la infancia. Corremos hacia el juego, hacia el ruido, hacia la pertenencia, hacia la ilusión de que durante un rato no hay que explicar tanto lo que uno siente. Y justo cuando empezamos a disfrutarlo, vuelve a sonar el timbre. Se termina. Hay que volver al aula de la vida, a los temas importantes, a las obligaciones, a las noticias, a las heridas que no desaparecieron mientras gritábamos un gol.
Pero volvemos distintos.
A veces más livianos. A veces más unidos. Otras más tristes. A veces más orgullosos. Otras simplemente agradecidos de haber sentido algo con otros.
La psicología del deporte lleva años estudiando este fenómeno. Investigadores como Daniel Wann, uno de los referentes en el estudio del comportamiento de los aficionados, han explicado que ser hincha puede reforzar la identidad social, el sentido de pertenencia y la conexión con otros, precisamente porque permite sentirse parte de algo más grande que uno mismo.
Y ahí quizá empieza a entenderse mejor lo que ocurre.
El fútbol no convoca únicamente por el juego. Convoca por todo lo que activa alrededor del juego.
La previa. La camiseta. El grupo de amigos. El bar lleno. La familia frente a la televisión. La abuela que pregunta cómo salimos aunque diga que no entiende nada. El vecino que grita el gol antes de que lo veas. El desconocido que de pronto te abraza. La calle que se paraliza. El país que, aunque sea por noventa minutos, parece recordar que todavía puede sentir algo en común.
Eso, en sociedades cada vez más fragmentadas, no es poco.
La sociología tiene una expresión maravillosa para nombrar estos momentos: efervescencia colectiva. Émile Durkheimla usó para describir esos instantes en los que un grupo comparte una emoción intensa y siente que forma parte de una unidad mayor. Hoy, esa idea sigue siendo útil para entender rituales, celebraciones, conciertos, manifestaciones y, por supuesto, eventos deportivos masivos.
Desde la mirada argentina, esto se entiende con una intensidad muy particular. Para Argentina, el fútbol nunca fue solamente fútbol. Fue barrio, potrero, club, sobremesa, radio, infancia, exilio, identidad, discusión, herencia, promesa, duelo y celebración.
Fue Maradona y Messi, pero también fue el abuelo que explicaba una jugada como si hablara de filosofía, el padre que transmitía una pasión sin pedir permiso, la madre que decía que no miraba el partido pero terminaba preguntando cuánto falta, el amigo que se fue del país y vuelve a sentirse cerca cuando escucha el himno, el chico que juega en una plaza con una pelota gastada y una camiseta que le queda grande.
En Argentina, la Selección funciona muchas veces como una de las pocas mesas comunes que quedan en pie. No porque todos pensemos igual, sino porque por un rato podemos sentir juntos. Y en un país tan acostumbrado a discutirlo todo, sentir juntos se vuelve casi revolucionario.
Cuando juega Argentina, se une el que vive en Buenos Aires y el que vive en Madrid, el que está en Rosario y el que está en Miami, el que se fue y el que se quedó, el que está cansado y el que todavía cree, el que vota una cosa y el que vota lo contrario, el que no llega a fin de mes y el que extraña desde lejos, el que no sabe de táctica pero sabe de emoción.
Durante noventa minutos, una camiseta logra algo que muchas instituciones no consiguen: una emoción común.
Y eso no debería despreciarse. Tampoco debería exagerarse.
Porque también es cierto que hay gente a la que el fútbol no le interesa, gente a la que le molesta su omnipresencia, gente que siente, con razón, que muchas veces se usa para tapar problemas, vender de más, inflamar nacionalismos baratos o distraer de lo urgente. Esa mirada también merece respeto. No todo el mundo vive el Mundial igual. No todo el mundo necesita el mismo refugio. No todos descansamos en el mismo lugar.
Pero una cosa es no compartir una pasión y otra es despreciar lo que esa pasión significa para millones de personas.
Porque debajo del grito, muchas veces hay cansancio. Debajo de la camiseta, muchas veces hay pertenencia.
Debajo del festejo, muchas veces hay necesidad de alivio. Debajo del fútbol, muchas veces hay humanidad buscando un lugar donde no sentirse sola.
Algunos estudios recientes sobre visualización de eventos deportivos han señalado que ver deporte de forma compartida puede actuar como catalizador de bienestar, reforzando vínculos sociales y generando experiencias emocionales positivas. No porque el deporte arregle la vida, sino porque nos recuerda algo esencial: el ser humano no está hecho para vivir permanentemente aislado, preocupado, productivo, eficiente, informado y exhausto.
También necesitamos juego. También necesitamos belleza. También necesitamos pausa.
También necesitamos cantar sin explicar. También necesitamos abrazar sin pedir permiso. También necesitamos alegrías que no resuelven todo, pero impiden que todo nos aplaste.
El riesgo, claro, aparece cuando el recreo se convierte en anestesia, cuando el fútbol se usa para no mirar, para no exigir, para no pensar, para no hacerse cargo. Ahí sí hay un problema. Pero el descanso emocional no es lo mismo que la evasión irresponsable. Descomprimir no es negar. Celebrar no es olvidar. Alegrarse no es traicionar las causas importantes.
Al contrario.
También necesitamos alegría para seguir luchando por lo importante. También necesitamos esperanza para no volvernos cínicos.
También necesitamos pertenencia para no quedar solos frente al abismo. También necesitamos recreos para poder volver al aula de la vida con un poco más de aire.
El fútbol, además, tiene algo que la vida muchas veces no tiene: una narrativa completa. Hay una previa, un inicio, una tensión, un conflicto, un error, una injusticia, una remontada, una derrota, una victoria, un final. Hay reglas, aunque se discutan. Hay tiempo, aunque se agregue. Hay resultado, aunque duela. La vida, en cambio, casi nunca tiene marcador claro. Muchas veces no sabemos si estamos ganando, perdiendo o simplemente resistiendo.
Quizá por eso necesitamos estos pequeños teatros de sentido.
Porque en un partido cabe casi todo lo humano: la ilusión, la espera, la ansiedad, el miedo, el error, la revancha, la suerte, la injusticia, la confianza, el equipo, la caída, la remontada, el abrazo. Por eso no se mira solo con los ojos. Se mira con el cuerpo entero.
La ciencia ha mostrado que un partido decisivo puede activar respuestas físicas reales en los hinchas, elevando la frecuencia cardíaca y generando reacciones de estrés y excitación muy intensas. El cuerpo no observa el partido desde fuera; muchas veces lo atraviesa desde dentro.
Quizá mis amigas tenían razón en algo importante: el fútbol no debería taparlo todo. No debería tapar la pobreza, ni la violencia, ni la falta de educación, ni la salud mental, ni la corrupción, ni la soledad, ni la desigualdad, ni la guerra, ni el dolor de quienes no tienen tiempo ni ganas de mirar un partido porque están intentando sobrevivir.
Pero quizá también conviene entender que, para muchos, el fútbol no tapa todo.
A veces evita que todo los tape a ellos. A veces permite respirar, descomprimir.
A veces reúne, distrae sin destruir, recuerda y reconecta.
A veces cura un ratito. A veces nos devuelve al niño que fuimos antes de que la vida se pusiera demasiado seria.
El Mundial no es más importante que la vida. Pero durante un mes parece ayudarnos a soportarla, celebrarla, compartirla, discutirla y, por momentos, abrazarla.
Después volverán las preguntas serias. Deben volver. La salud seguirá siendo más importante que un gol. La educaciónmás importante que una camiseta. La paz más importante que una final. La convivencia más importante que cualquier resultado. El bienestar más importante que cualquier campeonato.
Pero tal vez, después de abrazarnos por algo que no resuelve la vida, estemos un poco más preparados para hablar de lo que sí puede mejorarla.
Porque el fútbol no debería taparlo todo. Pero, de vez en cuando, nos ayuda a no quedar tapados por todo.
Y en tiempos como estos, eso también importa.
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