
El último partido llega para todos. En el deporte profesional esa certeza tiene una particularidad; resulta imposible ignorarla. El cuerpo la anticipa, el calendario la acerca y, tarde o temprano, aparece un marcador que ya no conduce al siguiente encuentro.
Lionel Messi anunció el 31 de agosto de 2026 su retirada de la selección argentina. Terminó así una relación de más de veinte años con una camiseta que terminó convirtiéndose en una segunda piel.
Quedan un Mundial, dos Copas América y una historia difícil de separar de la memoria emocional de varias generaciones de argentinos. Quedan también las derrotas, las críticas, una renuncia, un regreso, muchas muchas alegrías, y aquella imagen en Qatar levantando finalmente la copa que durante tanto tiempo pareció necesaria para completar una trayectoria imposible.
Mientras una parte del mundo contempla, en cámara lenta, el final de esa historia, existe otra mucho menos visible que Messi empezó a escribir hace años, lejos de los estadios.
Una historia relacionada con inversiones, tecnología, empresas y propiedad, pero que en el fondo habla de algo mucho más interesante. Qué hace un deportista de élite con todo el valor que acumula durante su carrera cuando aquello que originalmente le permitió crearlo empieza a desaparecer.
Porque Messi comenzó a prepararse para después del fútbol mucho antes de llegar al último partido.
Y quizá ahí encontremos una de las grandes lecciones que su carrera puede dejarnos sobre marca, branding, confianza, tiempo, transformación y legado.
Una marca que se fue construyendo paso a paso
Antes de hablar de dinero conviene hablar de marca. Porque el dinero no es un objetivo, es un resultado. Ampliaré.
Leo Messi puede hoy sentarse frente a emprendedores, compañías e inversores de todo el mundo gracias a algo que empezó a construir mucho antes de que empezará su despedida.
Su nombre, su marca, significan algo. Y llegar hasta ahí requiere tiempo. El buen branding necesita tiempo.
Durante más de dos décadas, Messi ofreció una consistencia deportiva difícil de comparar.
Partido tras partido, temporada tras temporada, millones de personas fueron aprendiendo qué podían esperar cuando su nombre aparecía en una alineación. Talento, rendimiento, magia, respeto, una forma determinada de entender el fútbol y la posibilidad de presenciar algo extraordinario.
La repetición convirtió el rendimiento en expectativa y la expectativa, con los años, en confianza.
La consistencia terminó convirtiéndose en una promesa (cumplida) de marca.
Vivimos en una época obsesionada con llamar la atención. Empresas, personas y organizaciones compiten permanentemente por conseguir un segundo más de nuestras miradas, y con frecuencia confundimos visibilidad con relevancia.
Sin embargo, las marcas que verdaderamente permanecen consiguen nuestra atención de manera repetida durante mucho tiempo.
La marca Messi tampoco apareció después de una campaña diseñada para convertir a un futbolista en un icono global. Se construyó lentamente, acumulando miles de momentos, goles, decisiones, actuaciones, victorias y derrotas hasta entrar en ese territorio reservado a muy pocos nombres; la cultura popular. Local y global.
Hoy tiene alrededor de 516 millones de seguidores en Instagram (más de 10 veces toda la población de Argentina) y compañías tan diferentes como Adidas, PepsiCo, Mastercard, Apple, Hard Rock, Konami o Panini han querido asociarse con él. La diversidad de sectores es significativa porque demuestra que el activo trasciende ampliamente al fútbol.
Las compañías no buscan únicamente su audiencia. Buscan una parte de lo que Messi representa.
Excelencia. Perseverancia. Humildad. Autenticidad. Confianza. Magia. Coherencia. Constancia. Emociones.
Una empresa tecnológica y una compañía de alimentación pueden vender productos radicalmente diferentes y, al mismo tiempo, encontrar valor relacionándose con algunos de esos significados.
Ese es uno de los momentos más fascinantes en la evolución de cualquier marca. Cuando empieza a representar algo que supera aquello que originalmente la hizo conocida.
Messi llegó al fútbol para jugar. El tiempo (y todo el trabajo que vino detrás) convirtió su nombre, y su marca, en un activo.
Sus actos hablaron más alto que todas sus palabras.
Hay otra característica especialmente interesante en la construcción de su marca. Messi nunca necesitó convertirse en la persona más ruidosa de la habitación.
La economía de la atención recompensa la exposición permanente, la exageración, la opinión constante y la capacidad de mantener una conversación alrededor de uno mismo, su personalidad pública ha permanecido comparativamente contenida.
Incluso habiéndose convertido en uno de los deportistas más comercializables del planeta, rara vez concede entrevistas.
Esa forma de estar también comunica.
Millones de personas fueron atribuyéndole determinadas características observando su comportamiento, sin necesidad de que él las repitiera permanentemente.
Y aquí aparece una enseñanza importante para cualquier organización.
Una empresa puede decir que es cercana, innovadora, valiente, humana, comprometida, sostenible o auténtica.
Puede incluso escribirlo en su propósito y colocarlo en una pared.
Otra posibilidad es comportarse de esa manera durante suficiente tiempo para que sean los demás quienes lleguen a esa conclusión.
La segunda alternativa exige mucho más. También vale mucho más.
Las marcas valiosas reducen progresivamente la distancia entre aquello que dicen y aquello que las personas experimentan. En las personas llamamos reputación al resultado de esa acumulación.
Y tanto la reputación como la confianza necesitan años para construirse y pueden deteriorarse en apenas unos minutos.
A veces se gana y otras se aprende
La historia de Messi resulta especialmente humana porque tampoco se construyó únicamente mediante el éxito.
Durante una parte importante de su carrera existió una pregunta que reaparecía cada vez que jugaba con Argentina. Había ganado prácticamente todo con el Barcelona, batido récords y acumulado premios individuales, pero el gran triunfo con la selección no llegaba.
Perdió finales, recibió críticas. Su relación con una parte de Argentina atravesó momentos difíciles.
En 2016 llegó incluso a anunciar su retirada de la selección después de perder una nueva final de Copa América, antes de regresar y continuar intentándolo.
Aquello podía interpretarse entonces como una grieta en una historia extraordinaria. Con el tiempo acabó convirtiéndose en una parte esencial de ella.
Los fracasos incorporaron vulnerabilidad. El genio también podía sufrir. El futbolista capaz de resolver lo aparentemente imposible tenía algo que se le resistía.
Millones de personas pudieron reconocerse en esa frustración. Por eso, cuando llegaron la Copa América de 2021 y posteriormente el Mundial de Qatar, el significado trascendió ampliamente al resultado deportivo.
El Mundial no creó la marca Messi. Completó una historia que millones de personas llevaban años acompañando.
Las marcas empresariales deberían recordar esto con más frecuencia. La obsesión por proyectar permanentemente una imagen perfecta termina generando organizaciones planas, previsibles y poco humanas. Las historias que permanecen contienen dificultades, contradicciones, aprendizaje, evolución y tiempo.
La perfección puede generar admiración. La humanidad permite construir identificación.
Y pocas cosas crean vínculos tan fuertes como sentir que hemos acompañado a alguien durante un camino.
Detrás de todo gran negocio hay una gran marca
Forbes estima hoy el patrimonio de Lionel Messi en unos 1.100 millones de dólares y calcula que a lo largo de su carrera ha generado aproximadamente 1.800 millones, de los cuales más de 600 millones proceden de patrocinios, memorabilia y otras actividades fuera del terreno de juego. Desde 2014 no ha bajado del quinto puesto entre los deportistas mejor pagados del mundo.
Las cifras impresionan. La lógica que existe detrás me interesa bastante más. Porque podemos observar en Messi una especie de interés compuesto de la marca.
El talento generó rendimiento. El rendimiento generó atención. La consistencia transformó esa atención en confianza. La confianza creó reputación.
La reputación atrajo audiencias, compañías y oportunidades. Las oportunidades generaron recursos. Los recursos facilitaron acceso a nuevas inversiones y activos. Y esos activos pueden ahora producir valor independientemente de que Messi marque otro gol.
Cada capa hizo posible la siguiente.
Exactamente igual que ocurre con el interés compuesto financiero, la diferencia verdaderamente significativa aparece con el tiempo.
Las grandes marcas también crecen por acumulación.
Aquello que hacemos hoy influye en las oportunidades a las que podremos acceder mañana.
Por eso el verdadero interés compuesto de una marca no se mide únicamente en dinero. También se mide en confianza, relaciones, acceso, reputación y posibilidades futuras.
Una marca poderosa consigue que determinadas puertas se abran antes incluso de llamar.
Igual que se planea un partido se planea un futuro
En octubre de 2022, pocas semanas antes del Mundial de Qatar, Messi puso en marcha Play Time Sports-Tech HoldCo, un vehículo de inversión con sede en San Francisco.
Lo hizo junto a Razmig Hovaghimian, emprendedor tecnológico y fundador de Viki, posteriormente adquirida por Rakuten. El objetivo de Play Time era invertir globalmente en compañías relacionadas con deporte, medios y tecnología, sin limitarse a una única etapa de desarrollo.
El momento resulta casi tan interesante como la decisión. Messi todavía competía al máximo nivel. Todavía jugaba en Europa, no había ganado el Mundial, faltaban años para su retirada de la selección. Y seguia construyendo parte de lo que iba a venir después.
Con el tiempo, Play Time ha desarrollado un portfolio que se parece mucho más a un fondo tecnológico de Silicon Valley que a un holding tradicional construido alrededor de una celebridad deportiva.
Entre sus inversiones aparecen World Labs, FieldAI, Fish Audio, Perceptron, Intangible y SuperAnnotate, además de proyectos vinculados directamente con el deporte como Matchday o AC Momento. Fuera de Play Time, Messi posee también equity en Sorare y se incorporó al grupo propietario de KRÜ Esports, fundado por Sergio «Kun» Agüero.
Podemos describir todo esto como diversificación financiera. Sería quedarnos en la superficie.
Lo verdaderamente interesante es observar cómo empieza a transformar el capital simbólico acumulado durante veinte años en propiedad capaz de seguir generando valor durante los próximos veinte.
Construir el futuro antes que llegue
Hay una idea detrás de Play Time que trasciende completamente al deporte. Las mejores transformaciones suelen comenzar antes de convertirse en imprescindibles. Las empresas que esperan a que su modelo haya quedado obsoleto para transformarse llegan tarde.
Los profesionales que empiezan a pensar qué harán después cuando su etapa anterior ya ha terminado pierden una parte importante de su capacidad de elegir.
Las marcas que intentan recuperar relevancia únicamente cuando descubren que han dejado de tenerla afrontan un camino mucho más difícil que aquellas que evolucionaron mientras todavía eran relevantes. Messi empezó a construir su siguiente capítulo mientras el anterior seguía funcionando.
Eso le concedió algo extraordinariamente valioso, tiempo.
Tiempo para aprender, para equivocarse. Tiempo para comprender nuevas industrias, para construir relaciones.
Tiempo para desarrollar capacidades diferentes sin exigirles que sustituyeran inmediatamente aquello que todavía funcionaba.
Existe una diferencia enorme entre transformarse desde la oportunidad y transformarse desde la desesperación.
No deberíamos necesitar una crisis para imaginar nuestro próximo futuro.
Valor y dinero no son lo mismo
Existe una decisión particularmente interesante en el camino reciente de Messi.
Cuando terminó su etapa en París en 2023 tuvo sobre la mesa la posibilidad de maximizar extraordinariamente sus ingresos inmediatos. Se informó entonces de una propuesta de Arabia Saudí que podía alcanzar aproximadamente 400 millones de dólares anuales.
Eligió Inter Miami.
Vista exclusivamente desde el salario, la elección podía parecer extraña. Observada desde un horizonte más amplio, aparece otra lógica.
Su acuerdo en Estados Unidos se integró dentro de un ecosistema en crecimiento, con relaciones económicas vinculadas a socios de la MLS como Apple y Adidas y, especialmente, con una opción para adquirir participación accionarial en Inter Miami después de retirarse.
Aquí aparece una distinción que las empresas conocen bien, aunque no siempre practican. Maximizar ingresos y maximizar valor pueden ser dos cosas diferentes.
Cobrar más hoy puede ser extraordinariamente atractivo. Posicionarse dentro de aquello que puede crecer mañana también.
Las compañías se enfrentan constantemente a decisiones parecidas cuando deben elegir entre optimizar el siguiente trimestre o invertir en capacidades que quizá solamente mostrarán su verdadero valor dentro de cinco o diez años.
Las dos perspectivas son necesarias. El problema aparece cuando la urgencia del presente consume permanentemente la posibilidad del futuro.
Pasó de crear valor a participar de él
Inter Miami ofrece un ejemplo especialmente interesante. Forbes valoraba el club en aproximadamente 600 millones de dólares antes de la llegada de Messi. Tres años después lo sitúa en 1.350 millones, la valoración más alta de la MLS.
Sería simplista atribuir todo ese crecimiento a una sola persona. En una compañía intervienen gestión, propietarios, infraestructuras, resultados, empleados, mercado, patrocinadores, contexto competitivo y muchos otros factores.
Pero sería igualmente ingenuo ignorar la transformación provocada por la llegada de una de las marcas deportivas más relevantes del planeta.
Cambió la atención, la audiencia internacional, la capacidad comercial, el interés de los medios, la demanda, la dimensión cultural de la organización, entre muchos cambios.
Y Messi cuenta con una opción para adquirir equity una vez se retire.
Eso significa que puede llegar a participar patrimonialmente del crecimiento de una organización cuyo valor su propia presencia ayudó a aumentar.
Ahí aparece una evolución extraordinariamente interesante. Durante décadas, un deportista podía contribuir a crear valor para una compañía y recibir un pago a cambio. Ahora puede contribuir a crear valor y conservar una parte del activo que ayudó a construir.
La marca deja entonces de ser únicamente una herramienta para generar demanda. Puede convertirse también en una herramienta para generar equity.
De la reputación a la propiedad
Durante décadas, la relación entre las grandes estrellas deportivas y las compañías siguió una lógica enormemente rentable para ambas partes.
El atleta acumulaba atención, credibilidad y relevancia cultural. Las compañías pagaban por relacionarse temporalmente con ellas.
Una campaña, un anuncio, una camiseta, un contrato durante determinados años. Durante ese periodo, una parte del significado del deportista se transfería hacia la compañía. Ese modelo seguirá existiendo. Pero una nueva capa empieza a adquirir importancia.
Cuando alguien posee suficiente capital, reconocimiento y capacidad de distribución puede hacerse un planteamiento distinto.
¿Qué parte del futuro que estoy ayudando a crear me pertenece?
Ahí aparece el ownership. Y cambia la relación. El deportista puede convertirse simultáneamente en embajador, accionista, socio, inversor y constructor. También cambia el horizonte temporal. Un contrato tiene una fecha de finalización. Una participación empresarial puede permanecer durante décadas.
La remuneración deja de depender exclusivamente de la exposición actual y empieza a estar relacionada con el valor futuro que todos sean capaces de construir.
Esto supera ampliamente una nueva forma de cobrar. Representa una manera diferente de relacionarse con el valor.
La marca personal en el centro del ecosistema
Existe una diferencia enorme entre tener audiencia y tener marca. Una audiencia observa. Una comunidad participa.
Una marca poderosa consigue además generar confianza, preferencia, acceso y capacidad de influencia.
En una persona como Messi esos activos alcanzan una dimensión difícil de cuantificar. Imaginemos qué significa para una startup tecnológica incorporarlo a su accionariado. Naturalmente puede aportar capital. Pero también puede facilitar conversaciones, atraer talento, captar el interés de otros inversores, generar atención mundial, abrir mercados y proporcionar acceso inmediato a audiencias que una compañía joven necesitaría años y millones de dólares para construir.
Especialmente puede aportar algo que ninguna ronda de financiación garantiza por sí misma, confianza. Cuando una figura global acepta aparecer en una campaña, comunica asociación. Cuando coloca también su dinero en el proyecto, la señal tiene otra profundidad. Está colocando una parte de su reputación.
Invertir también comunica.
El lugar en el que depositamos nuestro tiempo, dinero y nombre acaba diciendo algo sobre aquello en lo que creemos.
La marca comienza así a convertirse en una auténtica infraestructura económica capaz de facilitar acceso a capital, personas, mercados y oportunidades.
La visibilidad atrae miradas. La confianza abre puertas. La propiedad permite participar de aquello que sucede después de atravesarlas.
Los grandes se suben a hombros de gigantes
Play Time contiene otra enseñanza relevante. Messi no necesitó presentarse de repente como experto en inteligencia artificial, venture capital, robótica o valoración de startups.
Construyó una estructura acompañado por personas que conocen ese universo. Puede parecer una decisión evidente. No siempre lo es.
El éxito acumulado provoca a veces uno de los sesgos más peligrosos del liderazgo; creer que haber sido extraordinario en un terreno garantiza poder serlo automáticamente en todos los demás.
La verdadera seguridad permite reconocer también los límites.
Saber qué podemos aportar resulta tan importante como saber qué necesitamos incorporar de otros.
La marca Messi puede abrir puertas inaccesibles para la mayoría de los inversores. Su capital permite entrar en determinadas operaciones. Su notoriedad multiplica la visibilidad.
Ninguno de esos activos reemplaza el criterio. La fama no sustituye al conocimiento. La audiencia no sustituye al análisis.
Construir un portfolio tecnológico requiere disciplina, paciencia, aprendizaje y capacidad para aceptar que muchas de las inversiones probablemente no cumplirán las expectativas.
Quizá la grandeza adquiere otra dimensión cuando permite volver a ocupar la posición del aprendiz.

Un nuevo Messi, el Messi de siempre
Existe aquí un contrapunto importante. Una marca personal extraordinariamente poderosa abre puertas, pero garantiza lo que sucede después.
Forbes recuerda el caso de Más+ by Messi, la bebida deportiva desarrollada con Mark Anthony Brands, que en 2026 comenzó a ser retirada progresivamente del mercado después de no alcanzar los resultados esperados. Es una pequeña pieza dentro de un ecosistema empresarial inmenso, pero, como todo fallo o error, contiene una gran lección.
La notoriedad puede conseguir atención, distribución y prueba. El producto sigue teniendo que merecer su existencia.
Incluso Messi puede conseguir que millones de personas miren hacia algo. Después ese algo debe cumplir una promesa. Precisamente por eso el branding jamás puede reducirse a visibilidad.
Una gran marca puede llevar al consumidor hasta la puerta. La experiencia decidirá si vuelve.
Para mí, este fracaso puntual enriquece la historia mucho más que si todas las iniciativas fueran presentadas como éxitos inevitables. Demuestra que crear también implica exponerse a equivocarse y que la fortaleza de una marca no debería confundirse con infalibilidad.
Las marcas fuertes también aprenden.
De embajador a socio
Todo esto debería interesar especialmente a las compañías. Durante décadas, una de las preguntas centrales del sponsorship fue bastante sencilla:
¿Cuánto cuesta contratar a determinada estrella?
La pregunta que empieza a emerger es mucho más exigente. ¿Qué estamos construyendo para que alguien con dinero, reputación, audiencia y capacidad de distribución quiera formar parte de ello?
Cuando la persona a la que intentas atraer dispone de suficiente dinero, incrementar el cheque deja de resolver necesariamente la ecuación. Importan la visión, las personas, el producto, la cultura, el potencial, el horizonte y la posibilidad real de participar en la creación de valor.
Las empresas tendrán que evolucionar desde relaciones centradas exclusivamente en el endorsement hacia otras construidas alrededor de una mayor alineación de intereses.
Para el deportista, artista o creador, convertirse en propietario puede aumentar el retorno económico. También aumenta el compromiso. Ya no está colocando únicamente su imagen. Está colocando capital, tiempo y reputación. Todo ello debería conducir progresivamente hacia relaciones más selectivas.
Habrá, entonces, menos acumulación de logos y más coherencia. Más profundidad en las asociaciones. Más tiempo compartido. Más capacidad para construir juntos.
Quizá algunas de las mejores alianzas del futuro sean aquellas en las que resulte difícil determinar dónde termina el patrocinio y dónde empieza una verdadera sociedad.
Otra forma de capital
Las startups también están aprendiendo a interpretar esta transformación. Dos inversores pueden aportar exactamente la misma cantidad de dinero y, sin embargo, entregar un valor radicalmente diferente. Uno aporta fundamentalmente capital financiero. Otro puede incorporar simultáneamente capital financiero, reputacional, relacional, cultural y de distribución.
Una persona con cientos de millones de seguidores y décadas de confianza acumulada posee capacidades que un fondo tradicional difícilmente puede reproducir. Pero también aquí hay que evitar la fascinación fácil.
Tener una celebridad dentro del accionariado jamás sustituirá la necesidad de desarrollar un gran producto, contratar talento, construir una buena cultura, encontrar un modelo de negocio sostenible y cumplir aquello que la organización promete.
La atención acelera lo bueno, también acelera los errores.
La notoriedad puede conseguir que millones de personas miren. La confianza decidirá cuánto tiempo continúan mirando.
Del personal branding al personal equity
Llevamos muchos años hablando de personal branding. Tal vez haya llegado el momento de ampliar esa conversación y pensar también en personal equity. Me interesa el concepto en un sentido mucho más amplio que el estrictamente accionarial.
Cada persona va acumulando durante su trayectoria una combinación irrepetible de reputación, relaciones, experiencia, conocimiento, confianza, comunidad, propiedad intelectual, acceso, influencia y capital económico.
Todo eso constituye un patrimonio. Una parte aparece en una cuenta bancaria. La mayor parte es invisible, intangible.
Utilizamos esos activos constantemente. Nos permiten encontrar socios, conseguir clientes, acceder a oportunidades, atraer talento, lanzar proyectos o lograr que alguien confíe en nosotros incluso antes de empezar a trabajar juntos.
La pregunta verdaderamente interesante aparece cuando dejamos de pensar únicamente en cómo monetizar ese patrimonio hoy y empezamos a preguntarnos cómo conseguir que continúe generando valor mañana.
Puede convertirse en una compañía, en una participación, en una metodología. En propiedad intelectual, en una comunidad, en una inversión.
En una institución, en conocimiento transmitido, en personas capaces de continuar algo que nosotros iniciamos. En una marca.
Esta reflexión resulta evidente al observar a un multimillonario como Messi, pero no pertenece exclusivamente a deportistas extraordinarios.
Quizá todos los deportistas y atletas deban tatuarse esto: ¿Estoy utilizando todo lo que he construido únicamente para generar resultados en el presente o estoy creando también algo capaz de seguir aportando valor cuando yo ya no esté haciendo exactamente lo mismo?
Ahí empieza a aparecer una palabra mucho más interesante que éxito. Legado.
Veinte años no es nada. Un montón.
Durante más de veinte años, Messi desarrolló la parte más visible de su carrera delante de cientos de millones de personas. Cada gol fue repetido desde todos los ángulos.
Cada derrota fue analizada, cada gesto fue interpretado. Cada gran momento pasó inmediatamente a formar parte de una memoria colectiva.
La siguiente etapa parece avanzar con reglas diferentes. Más lejos del estadio. Con menos ruido. Con horizontes mucho más largos. Con decisiones cuyo resultado quizá solamente podamos comprender dentro de diez o veinte años.
Hay algo interesante en esa transición.
El fútbol le dio a Messi reconocimiento, recursos, experiencias, relaciones, una audiencia gigantesca y una de las marcas personales más poderosas de nuestro tiempo.
Forbes estima que hoy posee un patrimonio de 1.100 millones de dólares. Sin embargo, su activo más interesante quizá continúe siendo uno que ningún ranking puede medir exactamente. La confianza acumulada durante más de veinte años ante cientos, miles, de millones de personas.
Ahora aparece otra responsabilidad: decidir qué hacer con ella. Eso también construirá su marca.
Una marca acaba siendo la suma de aquello que hacemos, aquello que representamos, las decisiones que repetimos hasta convertirlas en reputación y la manera en la que utilizamos la confianza que otros han depositado en nosotros.
El ante último baile
El último partido llega para todos. El de Messi con la selección Argentina ya llegó. Pronto (¿pronto?) llegará su último partido con el fútbol.
El avión le llega a todos. A un deportista, a un ejecutivo, a un fundador, a una empresa, a toda una generación.
Y cuando llega, descubrimos algo que quizá deberíamos haber comprendido mucho antes. El valor de lo construido no reside solamente en lo que nos permitió conseguir mientras estuvimos en el campo, sino también en aquello que puede seguir existiendo cuando lo abandonamos.
Messi ya construyó una de las carreras deportivas más extraordinarias de la historia (¿la más extraordinaria?).
Dentro de veinte años quizá descubramos que algunas de las decisiones más importantes para comprender su legado fueron tomadas cuando dejó de pensar únicamente en el siguiente partido y empezó a imaginar qué quería que permaneciera después del último.
Porque una gran marca alcanza su verdadera dimensión cuando consigue convertir el talento en confianza, la confianza en valor y el valor en algo capaz de trascender a quien lo creó.
Mientras, gracias eternas al Messi jugador, que nos regaló más de dos décadas inolvidables de magia, fantasiosa, emociones y esperanza. Casi nada, casi todo.
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