
Un 9 de julio, hace 209 años, nacía la República Argentina. La declaración de la Independencia en la casita de Tucumán marcaba el kilómetro cero de una nueva historia.
Hoy, mientras celebramos y recordamos ese hito histórico, me surgió una pregunta: ¿qué es ser argentino?
Después miré mi agenda y pensé: no tengo tiempo para escribir sobre eso hoy. Y acto seguido, empecé a escribir.
Podría empezar diciendo que ser argentino es una contradicción. Un país enorme declara su independencia —quizás el acto más importante de su historia— en una casita. Hermoso y absurdo.
Para muchos, ser argentino es ese partido del Mundial ’86 contra Inglaterra. Donde uno de los mayores ídolos de la historia hace un gol de pícaro —ilegal, dirían los puristas; de potrero, los futboleros— y acto seguido, mete el mejor gol de la historia. Punto.
Ser argentino es vivir en estado de ebullición emocional. Es estar alterado, indignado, brotado… y también saludar con un beso, despedir con un abrazo, hablar de todo y de nada con desconocidos.
Es bancar a Cristina y a Milei. Odiar a Cristina y a Milei. Querer y odiar, todo junto, todo el tiempo.
Es la fanfarronería del porteño y la simpleza del interior. Es meter a todo el interior en «el interior», como si fuera un solo lugar, cuando es una red compleja, rica, pobre, diversa, fabulosa y contradictoria.
Es decir con orgullo que vivimos en el mejor país del mundo. Que tenemos todo. TODO.
Es ir por el mundo sin cambiar el acento. Porque ni Messi, ni Francisco, ni el Cholo, ni Manu, ni Máxima lo cambiaron.
Es admirar a Scaloni y preguntarse si esa Argentina posible, tan profesional, tan humilde, tan respetuosa, puede existir fuera de una cancha. O si es apenas un espejismo de Mundial.
Es que te duela la pobreza… mientras guardás dólares bajo el colchón.
Es sentir vergüenza política por lo que hacen quienes se supone nos representan en el Congreso Nacional. Diputados, senadores, gente que se sienta en sillas importantes y transmite bochorno con WiFi.
Es invitar a tu casa porque sí. Que te inviten a la casa de un amigo porque sí. Sumarte a un picado porque sí. El “porque sí” como forma de afecto nacional.
Es ir a ver cualquier banda argentina y, sin darte cuenta, levantar el brazo y empezar a balancearlo adelante y atrás, como si la emoción colectiva viniera con coreografía incluida.
Es convivir con la corrupción. Sentir que es “normal”. Y consolarse diciendo “en todos lados pasa”.
Es enfrentar todo contra todo: Borges y Sábato. Capital e interior. Tango y Piazzolla. Ricos y pobres. Pobres entre pobres. Periodistas oficialistas y opositores, y viceversa.
Es ser solidario, generoso, comprometido. Y también, ser vago, mantenido y avivado. Todo en el mismo asado.
Es destacar en el mundo y sentir envidia de quienes lo logran. Es admirarlos como héroes nacionales… y sospechar que se les subió.
Es un caos mental. Una mezcla de confusión y claridad. De filosofía barata y zapatos de goma. De nuevas olas, raros peinados nuevos y banderas viejas.
Es despejar tu agenda para escribir sobre el Día de la Independencia, 209 años después.
Es sentirte argentino. Con todos los defectos y todas las virtudes. Escribir porque sí. Porque se te canta. Porque te nace. Porque es una forma de hacer catarsis.
Ser argentino duele y emociona. Inspira y afecta. Pero como con una madre: uno puede criticarla. Si la critican de afuera, se pudre todo.
Es recordar la sabiduría del campo. Esa Argentina que trabaja, que lucha, que empuja, que cree, que siente, que sabe que “los hermanos sean unidos… porque esa es la ley primera”.
Y tal vez, ser argentino sea ilusionarse con que, algún 9 de julio de algún año, más allá de las coyunturas, los hermanos argentinos nos unamos de verdad. Que no haga falta un Mundial para abrazarnos. Que esta nación joven, algo atolondrada pero apasionada, encuentre la madurez necesaria para promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad, para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres y mujeres del mundo que quieran habitar el suelo argentino.
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