
Esta semana cumplo años. Con cada vuelta al solo en mi cabeza gira la duda existencial de los años que me quedan por vivir. Por esas causalidades de la vida, hace unos días llegó a mis manos un viejo recorte de periódico con uno de esos titulares capaces de provocar antes incluso de empezar a leer: “Los viejos no sirven para nada”. La frase, por supuesto, era irónica.
Debajo aparecían Goethe terminando la segunda parte de Fausto a los 81 años; Marguerite Yourcenar convirtiéndose, a los 76, en la primera mujer elegida para la Academia Francesa; Verdi componiendo su Ave Maria a los 75; Konrad Adenauer ejerciendo como canciller de Alemania hasta los 87; Picasso pintando y realizando grabados después de cumplir los 90; Bertrand Russell participando en el movimiento antinuclear y siendo detenido por su activismo a los 89; y Pau Casals estrenando y dirigiendo su Himno a las Naciones Unidas a los 94.
Me hizo pensar cuánta vida somos capaces de añadir a nuestros años.
Porque nuestra relación con la edad contiene una contradicción bastante difícil de explicar. Queremos vivir más, pero tenemos miedo de envejecer.
Celebramos que la esperanza de vida aumente mientras construimos culturas profesionales, sociales y hasta estéticas obsesionadas con parecer jóvenes. Admiramos la experiencia cuando necesitamos consejo y la consideramos obsolescencia cuando aparece una nueva tecnología.
Pedimos perspectiva, serenidad y criterio, aunque con demasiada frecuencia expulsamos de la conversación precisamente a quienes han tenido más tiempo para desarrollarlos.
Y esa contradicción va a adquirir una relevancia enorme.
Una sociedad cada vez más longeva
Las Naciones Unidas proyectan que en 2050 una de cada seis personas en el mundo tendrá más de 65 años. La longevidad está dejando de ser una excepción estadística para convertirse en una de las grandes transformaciones sociales, económicas y culturales de nuestro tiempo.
Sin embargo, nuestra cultura parece avanzar bastante más despacio que nuestra demografía.
La Organización Mundial de la Salud lleva años alertando sobre la extensión del edadismo y sobre una realidad incómoda: seguimos asociando la edad con fragilidad, incapacidad, lentitud o irrelevancia de una forma que muchas veces tiene poco que ver con las capacidades reales de una persona.
Quizá necesitemos empezar por revisar una idea profundamente instalada: que la vida posee una especie de curva inevitable en la que primero aprendemos, después producimos y finalmente dejamos paso.
La realidad humana resulta bastante más interesante.
Jane Goodall recorrió 27 países en seis continentes a los 90 años. David Attenborough estrenó una película sobre el futuro de los océanos el mismo día que cumplía 99. Yayoi Kusama continuó pintando hasta sus últimos días, a los 97. Clint Eastwood estrenó Juror #2 a los 94. Isabel Allende publicó Mi nombre es Emilia del Valle a los 82. Margaret Atwood publicó sus memorias a los 85, después de haber escrito más de cincuenta libros. Anthony Hopkins ganó el Oscar a mejor actor por The Father a los 83, convirtiéndose en el intérprete de mayor edad en conseguirlo. Hayao Miyazaki ganó un nuevo Oscar a los 83. Y John B. Goodenough recibió el Premio Nobel de Química a los 97 años.
Las edades llaman la atención, pero creo que esconden algo bastante más interesante que la longevidad.
Seguían teniendo curiosidad
Seguían queriendo hacer algo que todavía no habían hecho. Seguían entrando en territorios desconocidos. Seguían escribiendo, investigando, filmando, pintando, pensando, aprendiendo.
Tal vez la verdadera frontera de la edad tenga bastante menos que ver con el número que aparece en nuestro documento y bastante más con el momento en que dejamos de sentir curiosidad por lo que todavía desconocemos.
Porque cumplir años no garantiza sabiduría.
Conviene decirlo.
Se puede vivir durante ochenta años y repetir durante ochenta años los mismos prejuicios. Del mismo modo que se puede tener veinticinco y poseer una sensibilidad, una inteligencia o una capacidad para comprender extraordinarias.
La experiencia, por sí sola, es acumulación.
La sabiduría aparece cuando somos capaces de transformar esa experiencia en comprensión.
Haber visto suficientes veces cómo algo comienza para reconocer cuándo está terminando. Haber cometido suficientes errores para distinguir una urgencia real de una urgencia inventada. Haber ganado para comprender que ganar tampoco resuelve todo. Haber perdido para descubrir que perder rara vez significa el final. Haber conocido personas, proyectos, amores, empresas, crisis, entusiasmos y decepciones suficientes para empezar a reconocer patrones allí donde otros todavía contemplan acontecimientos aislados.
El tiempo proporciona perspectiva.
Qué hacemos con ella depende de nosotros.
Innovación y memoria
Tal vez por eso resulte tan interesante observar lo que está ocurriendo dentro de muchas organizaciones.
Vivimos una época fascinada por lo nuevo. Inteligencia artificial, automatización, transformación, innovación, disrupción. Palabras que utilizamos permanentemente y que, en muchos casos, describen cambios absolutamente reales y extraordinarios.
Pero innovación y memoria deberían encontrarse con mucha más frecuencia.
Una persona de veinticinco años puede comprender una tecnología que alguien de sesenta todavía está intentando aprender. Puede tener menos miedo a probar, menos apego a cómo se hicieron las cosas hasta ahora y una relación mucho más intuitiva con herramientas, códigos y comportamientos que acaban de nacer.
La persona de sesenta quizá haya atravesado cuatro ciclos económicos, tres revoluciones tecnológicas, varias transformaciones culturales, una decena de modas empresariales que parecían definitivas y una buena cantidad de ideas supuestamente revolucionarias que terminaron desapareciendo.
Ambas miradas contienen inteligencia.
El problema empieza cuando una pretende sustituir a la otra.
Durante años hemos hablado muchísimo de diversidad. Diversidad cultural, de género, de procedencia, de formación, de pensamiento. Quizá tengamos que empezar a hablar con mucha más fuerza de diversidad generacional.
Porque una organización en la que todos piensan parecido corre riesgos. Pero una organización en la que todos tienen edades similares también.
Las generaciones jóvenes poseen algo extraordinario que quienes tenemos más años inevitablemente vamos perdiendo: más tiempo por delante, otra energía, una cierta irreverencia necesaria frente a lo establecido y esa maravillosa costumbre de preguntar por qué las cosas tienen que seguir haciéndose como siempre.
Las generaciones mayores pueden aportar algo diferente: contexto, memoria, patrones, perspectiva, relaciones y, cuando los años han sido bien procesados, criterio.
Una generación puede acelerar. Otra puede recordar hacia dónde íbamos. Necesitamos ambas.
Nuestro valor no puede depender de producir
Y existe una cuestión todavía más importante.
Cuando defendemos el valor de las personas mayores utilizando únicamente ejemplos de quienes continúan trabajando, produciendo, escribiendo, dirigiendo empresas, ganando Oscars o recibiendo Premios Nobel a los noventa años, corremos el riesgo de caer en una injusticia diferente.
Una persona tampoco necesita ganar un Nobel a los 97 para justificar su existencia.
Nuestro valor como seres humanos no puede depender permanentemente de nuestra productividad.
Una mujer de 85 años que escucha a sus nietos, comparte una historia familiar, acompaña a alguien que la necesita, cultiva un jardín, aprende a usar una herramienta nueva o simplemente disfruta de una mañana sin ninguna obligación posee exactamente el mismo derecho a ocupar su espacio que quien dirige una compañía o publica un libro.
Quizá una de las grandes conquistas de una sociedad verdaderamente longeva consista precisamente en comprender esto.
Envejecer también puede significar disponer de tiempo sin necesidad de convertir cada minuto en rendimiento.
Durante décadas hemos diseñado la existencia alrededor de una secuencia bastante rígida: estudiar, trabajar, retirarse.
Formarse durante veinte o veinticinco años. Producir durante cuarenta. Y después, de alguna manera, apartarse.
La longevidad está rompiendo ese modelo.
Una persona que llega en buenas condiciones a los 65 años puede tener veinte, veinticinco o treinta años por delante. Prácticamente otra vida adulta.
¿Qué hacemos con todo ese tiempo?
Podemos convertirlo en una enorme sala de espera.
O podemos empezar a imaginar nuevas formas de aprender, enseñar, crear, emprender, acompañar, viajar, participar, mentorar, estudiar, descubrir y también descansar.
Conservar la capacidad de asombro
Podemos incluso cuestionar otra de las grandes trampas de la edad: pensar que llega un momento en el que ya hemos aprendido suficiente.
Picasso decía que le había llevado toda una vida aprender a pintar como un niño.
La frase contiene algo esencial.
Con los años acumulamos conocimiento y, paradójicamente, una de las tareas más difíciles consiste en conservar la capacidad de asombro que teníamos antes de acumularlo.
Seguir preguntando. Seguir dudando. Seguir cambiando de opinión.
Seguir escuchando a alguien treinta o cuarenta años menor y aceptar que puede saber infinitamente más que nosotros sobre determinadas cosas.
Seguir entrando en una habitación sabiendo que probablemente haya algo allí que todavía desconocemos.
Seguir pronunciando tres palabras que quizá se vuelvan más difíciles cuanto más sabemos: “No lo sé”.
Ahí la edad deja de convertirse únicamente en pasado y vuelve a contener futuro.
Porque existe también una forma de envejecimiento que no aparece en ninguna partida de nacimiento.
Hay personas de treinta años que han dejado de hacerse preguntas.
Y personas de noventa que todavía observan el mundo con asombro.
Hay jóvenes envejecidos por sus certezas y mayores rejuvenecidos por su curiosidad.
Tal vez la juventud nunca haya sido exclusivamente una cuestión biológica.
Lo que el tiempo quita y lo que el tiempo entrega
Miro nuevamente aquella vieja columna de periódico.
Goethe, Yourcenar, Verdi, Adenauer, Picasso, Russell, Casals.
Después pienso en Goodall, Kusama, Attenborough, Allende, Atwood, Hopkins, Eastwood, Miyazaki, Goodenough.
Personas separadas por siglos, culturas, disciplinas y circunstancias, pero unidas por algo extraordinariamente sencillo: en algún momento en el que el calendario parecía sugerirles que debían retirarse, todavía tenían algo que aprender, algo que crear o algo que decir.
Quizá nosotros deberíamos aprender a escuchar.
Porque el tiempo nos quita muchas cosas.
Nos quita velocidad. Nos quita fuerza física. Nos quita algunas personas que amamos. Nos quita determinadas posibilidades. Nos demuestra que el cuerpo tiene límites y que muchas de las cosas que creíamos permanentes nunca lo fueron.
Pero el tiempo también puede entregarnos otras.
Perspectiva. Paciencia. Memoria. Criterio.
La capacidad de mirar una situación que años atrás parecía gigantesca y descubrir su verdadera dimensión. La oportunidad de comprender que algunas batallas nunca merecieron tanta energía y que ciertas personas merecían mucha más.
La serenidad para reconocer que no necesitamos tener razón en todas las conversaciones. La libertad para elegir mejor dónde ponemos nuestro tiempo precisamente porque sabemos que ese tiempo no es infinito.
Quizá ahí empiece la sabiduría
No en saberlo todo, porque cuanto más vivimos más evidente se vuelve todo lo que desconocemos.
La sabiduría quizá consista en aprender a distinguir lo importante antes de que el tiempo tenga que explicárnoslo.
Y también en entender que envejecer no debería significar desaparecer.
Estamos viviendo más años que prácticamente cualquier generación anterior. Hemos dedicado una enorme cantidad de ciencia, talento y recursos a conseguirlo. Hemos aprendido a prolongar la vida.
Ahora nos queda una tarea probablemente más compleja. Aprender qué hacer con ella.
Porque la gran pregunta de la longevidad ya no debería ser únicamente cuántos años somos capaces de añadir a nuestra vida.
Tal vez haya llegado el momento de preguntarnos cuánta vida somos capaces de añadir a nuestros años.
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