
Hay una imagen que me persigue desde hace días.
Es la imagen de Hugo Broos, 74 años, sentado en el banquillo de Sudáfrica con la serenidad de quien ya ganó una Copa Africana de Naciones, ya fue jugador de un Mundial en México 86, y ahora vuelve a la máxima cita cuarenta años después, desde el otro lado de la línea de cal. No se inmuta. No grita. Observa. Y en ese gesto, en esa calma casi monástica, hay más información sobre liderazgo que en cualquier manual de management.
Y a miles de kilómetros, en otro estadio, Julian Nagelsmann, 38 años, el técnico más joven de todo el torneo, recorre su área técnica con la energía de quien sabe que el futuro es ahora. Gesticula. Comunica. Ajusta. Dirige a Alemania como si el banquillo fuera una extensión de su mente: rápida, dinámica, implacable.
Entre Broos y Nagelsmann hay 36 años de diferencia. Casi cuatro décadas que separan dos maneras de entender el fútbol, la vida y el liderazgo. Y sin embargo, ambos llegaron al mismo lugar: los dieciseisavos de final de un Mundial.
Los dos rumbo a casa.
¿Existe una edad ideal para dirigir?
La respuesta corta es no. La respuesta larga es este Mundial.
Por primera vez en la historia, 32 selecciones disputan una ronda eliminatoria inédita: los dieciseisavos de final. Y sus 32 directores técnicos componen un retrato generacional fascinante. El promedio de edad es de 56 años. Pero ese promedio esconde una dispersión enorme: desde los 38 de Nagelsmann hasta los 74 de Broos, pasando por los 73 de Carlos Queiroz, que dirige a Ghana en su quinto Mundial como técnico. Quinto. Un hombre que ya estaba en un banquillo mundialista cuando algunos de sus colegas actuales todavía no habían debutado como profesionales.
Observemos la fotografía completa. Estos son los 32 técnicos que siguen vivos en el torneo, ordenados de mayor a menor edad:
Hugo Broos (Sudáfrica), 74 años. Carlos Queiroz (Ghana), 73. Ralf Rangnick (Austria), 68. Javier Aguirre (México), 67. Carlo Ancelotti (Brasil), 67. Luis de la Fuente (España), 65. Ronald Koeman (Países Bajos), 63. Gustavo Alfaro(Paraguay), 63. Rudi Garcia (Bélgica), 62. Vladimir Petković (Argelia), 62. Néstor Lorenzo (Colombia), 60. Hossam Hassan (Egipto), 59. Zlatko Dalić (Croacia), 59. Ståle Solbakken (Noruega), 58. Didier Deschamps (Francia), 57. Hajime Moriyasu (Japón), 57. Bubista (Cabo Verde), 56. Sergej Barbarez (Bosnia y Herzegovina), 54. Mauricio Pochettino (Estados Unidos), 54. Jesse Marsch (Canadá), 52. Thomas Tuchel (Inglaterra), 52. Tony Popovic(Australia), 52. Roberto Martínez (Portugal), 52. Murat Yakin (Suiza), 51. Graham Potter (Suecia), 51. Sébastien Desabre (R. D. del Congo), 49. Mohamed Ouahbi (Marruecos), 49. Lionel Scaloni (Argentina), 48. Sebastián Beccacece (Ecuador), 45. Pape Thiaw (Senegal), 45. Emerse Faé (Costa de Marfil), 42. Julian Nagelsmann(Alemania), 38.
Treinta y dos hombres. Treinta y dos historias. Treinta y dos maneras de entender qué significa liderar bajo la presión más extrema que existe en el deporte.
La veteranía como filtro emocional
Lo primero que salta a la vista es que este no es un torneo de jóvenes en el banquillo. De los 32, solo seis tienen menos de 50 años. Diecisiete superan los 55. Y cuatro pasan de los 65. La experiencia, lejos de ser un lastre, parece ser un boleto de entrada a las fases decisivas.
Pero hay algo más interesante que la estadística.
Los técnicos que superan los 60 años, traen consigo un activo que no se compra, no se descarga y no se aprende en un curso online: la gestión de la calma. Ancelotti no necesita gritar para que Brasil lo escuche. Aguirre no necesita correr por la línea de cal para que México sienta su presencia (y eso que acaba de ser abuelo y meter a México en octavos).
Koeman no necesita explicarle a Países Bajos lo que significa competir: él mismo fue campeón de Europa como jugador. Su autoridad no viene de la imposición, sino de la consistencia: llevan décadas siendo quienes son, y esa coherencia entre lo que dicen y lo que hacen es exactamente lo que convierte a un técnico en un tótem para su equipo. Sin embargo, el fútbol es cruel, Países Bajos perdió y el ya no es el técnico.
Han visto tantas situaciones límite que, cuando llega el desborde emocional del Mundial, cuando el estadio ruge y la presión parece insoportable, ellos saben algo que los demás todavía están aprendiendo: que el pánico es el peor enemigo del talento. No reaccionan: responden. No improvisan: eligen.
Y luego está el caso de Queiroz y Broos, que merecen un párrafo aparte. Queiroz, a los 73, dirige su quinto Mundial. Con Portugal, con Irán (tres veces), y ahora con Ghana. Es un nómada del fútbol, un hombre que ha entrenado en todos los continentes y que sigue encontrando motivación en el desafío de lo nuevo. Broos, a los 74, fue jugador en México 86 y ahora vuelve al mismo escenario como técnico, cuarenta años después. Si eso no es una declaración sobre la irrelevancia de la edad, no sé qué lo es.
La generación de la conexión emocional
Pero este Mundial también nos muestra que la experiencia acumulada no es la única moneda de cambio.
Nagelsmann tiene 38 años y dirige a Alemania. A los 28 ya era técnico en la Bundesliga. A los 33, dirigía al Bayern Múnich. No llegó al banquillo de la selección por acumulación de años, sino por acumulación de ideas. Es un nativo táctico, un hombre que creció con el análisis de datos, la videoconferencia y la comunicación horizontal. Sus jugadores no lo ven como una figura paternal: lo ven como un compañero de ruta que habla su mismo idioma.
Emerse Faé, 42 años, ganó la Copa Africana de Naciones con Costa de Marfil en 2024 siendo apenas un año mayor que algunos de sus jugadores. No tenía el currículum de un veterano, pero tenía algo que ningún currículum puede reemplazar: la conexión emocional con su vestuario. Sus jugadores no le obedecen: le creen.
Scaloni, a los 48, dirige a la vigente campeona del mundo con la naturalidad de quien no necesita demostrar nada. No impone: propone. No dirige desde la distancia: dirige desde la cercanía. Y esa proximidad generacional, esa empatía que solo puede existir entre personas que comparten referencias culturales, genera algo que ningún pizarrón táctico puede producir: confianza absoluta.
Beccacece, 45, le ha dado a Ecuador una identidad feroz, inspirada en la escuela de Jorge Sampaoli y Marcelo Bielsa. Pape Thiaw, también 45, tiene a Senegal soñando después de colarse como uno de los mejores terceros tras una goleada en la última fecha. Ouahbi, 49, reemplazó al héroe de Qatar 2022 en Marruecos y lejos de achicarse, agrandó el proyecto.
Estos técnicos no son jóvenes por capricho. Son jóvenes porque su juventud relativa es, en sí misma, una herramienta de liderazgo. Al ser casi contemporáneos de muchos de los jugadores que dirigen, han logrado algo que las generaciones anteriores difícilmente podían: desdibujar la jerarquía vertical autoritaria y convertirla en una colaboración horizontal. No mandan: co-crean. No dictan: dialogan.
Los que combinan experiencia con apertura
Y en el medio, una franja de técnicos entre 50 y 60 años que son, quizás, los más fascinantes de todos.
Deschamps, 57, lleva catorce años al frente de Francia. Catorce. Es campeón del mundo como jugador y como técnico, y ha anunciado que este será su último Mundial. Es el hombre que mejor encarna la idea de que la longevidad en un cargo no es repetición, sino reinvención constante: la Francia de 2026 no se parece en nada a la de 2018, y sin embargo lleva la misma firma.
Pochettino, 54, dirige al anfitrión. Toda la presión de un país de 330 millones de habitantes sobre los hombros de un argentino de Murphy, provincia de Santa Fe. Tuchel, 52, es un alemán dirigiendo a Inglaterra, en lo que sería un hecho sin precedentes si ambos equipos se cruzaran más adelante: dos técnicos de Baviera enfrentándose con selecciones ajenas. Moriyasu, 57, lleva a Japón a su segundo Mundial consecutivo como técnico, algo que ningún japonés había logrado. Lorenzo, 60, tiene a Colombia jugando un fútbol que ilusiona a todo un continente. Dalić, 59, ha convertido a Croacia en un habitual de las fases finales de los grandes torneos.
Un dato que no es menor: hay seis técnicos argentinos en este Mundial, un récord absoluto. Scaloni, Pochettino, Alfaro, Lorenzo, Beccacece, y Bielsa (ya eliminados con Ecuador y Uruguay). Seis mentes forjadas en la misma escuela futbolística, desplegadas por cuatro continentes. La exportación de liderazgo argentino en el fútbol mundial es, en sí misma, un fenómeno de marca.
Cada uno, desde su edad, desde su historia, desde su contexto, ha encontrado la manera de sincronizar su liderazgo con el ritmo vital de sus jugadores.
La edad como variable de estilo, no de capacidad
¿Y qué tiene todo esto que ver con las marcas? Todo.
Porque lo que vemos en estos 32 banquillos es exactamente lo que vemos en el mundo empresarial: no hay un modelo único de liderazgo que funcione. Hay modelos que se adaptan a su contexto. Las marcas que trascienden no son las que siguen una fórmula: son las que entienden a su audiencia, que hablan su idioma, que conectan con lo que esa audiencia necesita en ese momento específico.
Ancelotti es como una marca clásica que nunca pasa de moda: Chanel, Rolex, un Ferrari. Su valor está en la permanencia, en la promesa cumplida durante décadas, en la certeza de que lo que ofrece es exactamente lo que entrega. Nagelsmann es como una marca nativa digital: ágil, disruptiva, dispuesta a romper las reglas porque creció en un mundo donde las reglas ya estaban siendo reescritas. Y Scaloni es algo intermedio: una marca que honra su historia (Argentina, Messi, la tercera estrella) pero que no se queda atrapada en ella.
La edad, en el fútbol como en el branding, no es una métrica de capacidad. Es una variable de estilo.
Lo que nos enseñaron estos 32 banquillos
Hay una historia que resume todo esto mejor que cualquier estadística.
Paraguay venció a Alemania en dieciseisavos de final. Gustavo Alfaro, 63 años, venció a Julian Nagelsmann, 38. La experiencia venció a la juventud. Pero si mirás la escena con más atención, lo que ves no es la victoria de una generación sobre otra: es la victoria de un hombre que supo leer el momento, que supo conectar con su vestuario, que supo transformar a un grupo de jugadores en una tribu unida por algo más grande que ellos mismos.
Y al mismo tiempo, en otro partido, Cabo Verde, dirigido por Bubista, un técnico de 56 años que hizo toda su carrera en un archipiélago de medio millón de habitantes, clasificó a la siguiente fase del Mundial. El país más pequeño en la historia reciente del torneo. Con un técnico que no aparece en ningún ranking de los más pagados, que no tiene Champions League en su currículum, que nunca dirigió en Europa. Pero que tiene algo que muchos de los técnicos millonarios envidiarían: la devoción absoluta de sus jugadores.
Porque al final, eso es lo que importa. No los años que tenés. No los títulos que acumulás. No el salario que cobrás. Lo que importa es la capacidad de convertir a un grupo de individuos en algo más grande que la suma de sus partes.De transformar jugadores en creyentes. De construir un tótem alrededor del cual la tribu se reúna.
La edad no define lo que podés lograr. Define cómo lo lográs.
Por eso digo que este Mundial nos está enseñando algo que va más allá del fútbol.
Nos está enseñando que la edad no define lo que podés lograr: define cómo lo lográs. Que un hombre de 74 puede conectar con jugadores de 22 si tiene la humildad de escuchar. Que un hombre de 38 puede dirigir a una potencia mundial si tiene la audacia de proponer. Que un hombre de 45 puede hacer soñar a un país entero si tiene la empatía de entender lo que su gente necesita.
En un mundo obsesionado con la juventud, con los early adopters, con el «morir joven y dejar un bonito cadáver», este Mundial nos recuerda que la sabiduría no tiene fecha de vencimiento. Pero también nos recuerda que la frescura no necesita pedir permiso.
La edad es solo un número. El liderazgo es una elección. Y la capacidad de unir a las personas, esa magia antigua y eterna que el fútbol despierta como ninguna otra fuerza en la Tierra, no tiene absolutamente nada que ver con la fecha de tu pasaporte.
Que sigan los octavos. Con la calma de Broos. Con la furia de Nagelsmann. Con la convicción de Alfaro. Con la resiliencia de Queiroz. Con el sueño de Bubista. Con la pasión de Scaloni.
Porque en este Mundial, como en la vida y como en las marcas, lo que realmente importa no es cuántos años tenés. Es qué hacés con cada uno de ellos.
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