
Cuando la viralidad se fabrica, la confianza se convierte en la verdadera ventaja competitiva de las marcas
Durante años nos dijeron que internet era el gran territorio de la autenticidad. Un espacio donde las personas compartían ideas, descubrían tendencias, recomendaban productos y expresaban opiniones de manera libre y orgánica.
Pero quizá hemos confundido conversación con coreografía.
Un reciente reportaje publicado por New York Magazine / Vulture, firmado por Lane Brown, expone una realidad incómoda: gran parte de lo que hoy percibimos como tendencia espontánea podría ser, en realidad, marketing encubierto cuidadosamente diseñado para parecer natural.
Joe Lim, fundador de Floodify, una empresa especializada en manipulación de atención digital, afirmó haber llegado a operar más de 65.000 cuentas ficticias y publicar hasta 50.000 vídeos diarios en plataformas como TikTok, Instagram, YouTube o X para generar tracción artificial para clientes.
La cifra que lanzó Lim —“el 90% de lo que ves en internet es publicidad disfrazada”— debe leerse con prudencia. No se trata de una medición independiente ni de un estudio académico auditado. Es la declaración de alguien que participó directamente en ese ecosistema.
Pero aunque el porcentaje pueda ser discutible, el fenómeno ya no lo es.
La viralidad se ha convertido en un producto
El reportaje describe prácticas como el clipping: fragmentar canciones, entrevistas, discursos, podcasts, películas o contenidos largos en piezas breves diseñadas específicamente para los algoritmos sociales.
Estas piezas son distribuidas masivamente por cuentas aparentemente normales para provocar una primera capa artificial de interacción. Si el contenido alcanza suficiente tracción inicial, las plataformas interpretan ese comportamiento como interés orgánico y comienzan a amplificarlo ante millones de personas reales.
La consecuencia es profunda.
Ya no sabemos si algo es popular porque interesa o porque alguien pagó para que pareciera interesante.
Y esto ya no ocurre únicamente en la industria musical o del entretenimiento.
Las mismas técnicas se utilizan en política, consumo, cultura, celebrity marketing, productos tecnológicos, debates sociales e incluso movimientos ideológicos.
La publicidad ya no interrumpe, se disfraza
Durante décadas, la publicidad funcionaba como interrupción. El anuncio aparecía claramente identificado. Había una frontera visible entre contenido y promoción.
Hoy esa frontera se ha diluido.
Antes, una marca compraba espacio. Ahora puede comprar apariencia de conversación.
Antes, el anuncio decía: “mírame”. Ahora susurra: “todo el mundo está hablando de esto”.
El verdadero poder de las redes sociales nunca fue la distribución. Fue la percepción colectiva. La sensación de estar observando lo que la sociedad piensa, siente o desea en tiempo real.
Pero cuando esa percepción puede ser fabricada artificialmente, entramos en un territorio mucho más complejo.
Ya no se manipula únicamente lo que compramos. Se intenta manipular lo que creemos que los demás piensan.
Cuando los gobiernos empiezan a intervenir
La magnitud del problema ya ha obligado a reaccionar a reguladores y gobiernos.
En 2024, la Federal Trade Commission (FTC) de Estados Unidos aprobó nuevas normas contra reseñas falsas, testimonios manipulados y compra de métricas ficticias de influencia digital. Por primera vez, se reconoce institucionalmente que la manipulación artificial de conversación online no es únicamente una práctica cuestionable de marketing, sino una amenaza para la confianza pública.
Porque cuando los indicadores sociales pueden fabricarse, las personas dejan de saber qué es popular, qué es legítimo y qué es real.
La economía digital funciona sobre percepción. Y si la percepción se contamina, también se erosiona la credibilidad del ecosistema.
La manipulación no es solo comercial sino sobretodo política
También, en 2024, el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció operaciones contra redes vinculadas a campañas de influencia extranjeras que utilizaban perfiles falsos, contenido generado por IA y amplificación artificial para manipular conversaciones públicas.
La lógica es exactamente la misma. Crear sensación de consenso. Instalar narrativas. Amplificar emociones. Fabricar relevancia.
La diferencia es que aquí ya no se intenta vender un producto. Se intenta influir sobre sociedades enteras.
Y eso cambia completamente la dimensión del problema.
Porque si las redes sociales se convierten en escenarios donde la percepción colectiva puede fabricarse artificialmente, entonces ya no hablamos únicamente de publicidad.
Hablamos de poder.
El problema ya no es tecnológico. Es cultural
Cuando una canción “explota”, una serie “se vuelve viral”, una opinión política “empieza a instalarse” o una marca “aparece de repente en todas partes”, la pregunta ya no debería ser solamente qué está ocurriendo.
La pregunta es: ¿Quién quiere que parezca que está ocurriendo?
La gran paradoja de esta época es que vivimos hiperconectados, pero cada vez más alejados de lo auténtico.
La tecnología ha democratizado la creación de contenido, sí. Pero también ha democratizado la manipulación de percepción.
Y eso tiene consecuencias profundas sobre la cultura, la democracia, el consumo y la confianza social.
Porque el problema ya no es únicamente publicitario.
Las marcas están entrando en una zona peligrosa
La tentación de fabricar atención es enorme.
El mercado premia la velocidad. Las plataformas premian el alcance. Los algoritmos premian la interacción. Y los equipos de marketing viven sometidos a métricas cada vez más agresivas.
En ese contexto, comprar conversación artificial puede parecer eficiente. Pero hay una diferencia enorme entre captar atención y construir significado.
Una marca puede comprar visualizaciones. Puede comprar tendencia, comprar alcance. Incluso puede comprar viralidad. Pero no puede comprar confianza.
Y una marca que sacrifica autenticidad para fabricar relevancia termina entrando en una dinámica peligrosa: mucho ruido externo y muy poca memoria emocional.
Porque las personas olvidan rápidamente aquello que fue viral. Pero recuerdan profundamente aquello que fue verdadero.
La autenticidad se ha convertido en un activo escaso
Durante años hablamos de economía de la atención. Hoy estamos entrando en la economía de la credibilidad.
En un entorno donde casi todo puede parecer manipulado, artificial o amplificado, la autenticidad empieza a funcionar como un diferencial competitivo extraordinario.
Y esto cambia completamente la lógica del branding.
El branding del futuro no puede construirse únicamente sobre algoritmos, automatización, performance o amplificación artificial. Necesita volver a apoyarse en algo mucho más difícil de fabricar: coherencia.
La coherencia entre lo que una marca dice, hace y hace sentir.
Las marcas más valiosas del futuro probablemente no serán las más virales. Serán las más creíbles.
Las que no necesiten disfrazarse de conversación para generar conversación. Las que entiendan que la confianza tarda años en construirse y segundos en romperse.
La gran oportunidad en medio del ruido
Paradójicamente, cuanto más artificial se vuelve internet, más valor adquiere lo humano.
La confianza.
La honestidad.
La sensibilidad.
La transparencia.
La consistencia.
La autenticidad.
El feed puede ser falso. Y por ello, la marca verdadera tendrá una ventaja inmensa.
No será la ventaja más rápida. No será la más barata. Ni será la más espectacular. Pero probablemente será la única capaz de resistir el paso del tiempo.
Porque cuando todo parece diseñado para manipular atención, las personas empiezan a buscar algo mucho más profundo: algo en lo que puedan volver a creer. Y a confiar.
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Andy Stalman
Andy Stalman, conocido como Mr. Branding, es cofundador y CEO de TOTEM Branding. Experto internacional en branding, identidad de marca e innovación con más de 30 años de experiencia en cinco continentes. Autor de los bestsellers BrandOffOn, HumanOffOn y TOTEM. Conferenciante internacional, jurado de Cannes Lions y Advisory Director en INTA.






