Los que vivimos en esta parte del mundo hemos sido educados en un modelo materialista de la vida. Todo -o casi todo- se mide en relación a los objetivos tangibles: dinero, propiedades, coches, activos, y tanto etceteras. Pero la educación, en general, se ha dejado por el camino aspectos esenciales como la búsqueda de la realización personal, el bienestar emocional, el disfrutar del aprendizaje, el aprendizaje en el camino, el que no todo va de resultados y rentabilidad, que la vida es mucho más que ello. Encontrar el equilibrio de estos dos mundos y aplicarlo como opción de estilo de gestión empresarial y de vida no es sencillo.

En medio de esta era digital, empiezan a emerger voces que creen y sobretodo aplican un nuevo modelo de empresa, de vida que va más dirigida a una combinación entre dos eras: la digital pero también la emocional . Un modelo que prioriza lo humano, porque entiende que cuanto mejor se encuentre la persona el impacto en su ámbito de influencia mejora el mundo. Dentro del abanico inabarcable de desafíos que presenta la Era Digital abrir una puerta a la reflexión para que valoremos otras formas de desarrollar proyectos, de hacer negocios, de crear empresas y sobretodo de vivir el camino, es uno de los que debería estar más arriba en la lista. El re-encuentro con lo humano no debería ser incompatible con cumplir con los números y objetivos de nuestro mundo empresarial.

Si tuviésemos que establecer el ROI de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista. ¿Cuál sería? Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si trabajamos únicamente para perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y desactivada que, perdida, acabará por perder el sentido del trabajo y de la vida. La utilidad del ser que ve como cuerpo, mente y alma están en equilibrio, del ser que pone en valor los saberes humanísticos y, más en general, todos los saberes que no producen beneficios nos ayudará a reflexionar sobre nuestra responsabilidad como protagonistas de esta nueva era emocional.

El 67% de los CEOs cree que la tecnología, no la humanidad, es la clave del futuro de sus empresas. Un dato que pone de manifiesto la confusión generalizada que habita en la visión del futuro de muchos de los que manejan los hilos del mundo de hoy. Digo muchos, pero no todos. El mundo empresarial ya ha comenzado a cambiar. No a la velocidad en la que asume los avances tecnológicos, pero ha comenzado un despertar. Resulta evidente que la armadura de la corporación es más segura que la permeabilidad de un mundo más sensible, conectado, humano, pero para ello muchas cosas deberían cambiar y no todos están dispuestos a la exposición que un mundo más creativo y transparente pueda atraer. Curiosamente casi siempre decidimos con la emoción, y eso está regulado por la parte más profunda del cerebro. Somos lo que sentimos, pero, ¿preferimos ocultarlo para no exponernos, siendo lo que no somos? 

La avalancha diaria de mails, WhatsApps, de mensajes en redes sociales, información en tiempo real, apps y etcéteras ha llenado de estrés a los ejecutivos, empresarios, emprendedores, los ha exiliado del aquí y del ahora, les ha quitado concentración y atención. Y en muchos casos los ha hecho menos productivos, a pesar que la tecnología, se suponía haría el trabajo más eficaz. Lo que hacemos ahora no es multitasking, ni siquiera es procrastinar, es cambiar de tarea a una velocidad inasumible y nos ha hecho menos productivos, generando mayores niveles de ansiedad. Ver a alguien pensando, reflexionando es sinónimo de que esta perdiendo el tiempo. Con la ironía de que el tiempo no se pierde salvo cuando no se tiene conciencia de su paso. Y para ello es bueno parar, respirar, reflexionar y luego accionar. Porque lo cierto es que lo único verdaderamente transformador es la acción. 

Soy un convencido que todo empieza y acaba en la educación. Hoy por hoy no se trata tanto de que los niños y los adultos aprendan a diseñar robots, sino de que aprendan a no parecerse a ellos. Estamos hablando permanentemente de que es importante la codificación, la programación, que los niños y adultos sepan de software, y lo que te preguntas es qué pasa con las habilidades sociales, dónde queda el pensamiento crítico o esa capacidad de dudar de las cosas. Hoy la educación y el mundo empresarial se enfrentan a ese gran dilema. En un cambio de era necesitamos tener una nueva mirada y sobretodo una nueva mentalidad. 

Si repasamos algunas de las “habilidades blandas” como gestión del cambio y del tiempo, comunicación, interacción personal, negociación, resolución de conflictos y del estrés, motivación, delegación, y  hablar en público podremos volver a poner el foco en lo esencial que coincidentemente es lo importante: la educación de una sociedad empresarial que ni estuvo ni está preparada para esta nueva era emocional. Una educación en todos los ámbitos, empezando por algo tan esencial como recordar que la tecnología debe estar al servicio del ser humano y no al revés.

Me sumo a todos los que defienden la utilidad de aquellos saberes cuyo objetivo no es producir ganancias inmediatas o beneficios prácticos, de tipo profesional, sino aquellos otros que nos hacen moral y espiritualmente mejores y más felices. No podemos seguir construyendo nuestra civilización alrededor de cosas que únicamente contribuyan a aumentar nuestras condiciones materiales de vida. La vida es mucho mas que ello y la búsqueda del equilibrio es un desafío impostergable.

Espero y deseo que cambiemos el foco del que venimos: una gran mayoría buscando el retorno inmediato, la satisfacción inmediata, la recompensa inmediata. Todo lo miden en beneficios materiales y tangibles. Hacia el foco al que vamos: pero pocos buscan invertir en conocimiento, talento, educación o en amor porque eso no es inmediato; no hay atajos en ese camino (el beneficio es el camino). 

Ya lo decía José Luis Sampedro: “el tiempo no es oro, el oro no vale nada. El tiempo es vida.”

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1 Comment
  1. Lluís

    Uno de los inscritos más inspiradores que he leído en mucho tiempo. Gracias por estar ahí. Un abrazo desconocido pero cómplice

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