Corría el mes de octubre del año 2014 y en el interior de una ambulancia una auxiliar de enfermería infectada con un virus tan siglo XXI llamado ébola. En esta era digital, la información corre como reguero de pólvora, sobretodo cuando se trata de malas noticias. Hacía meses que el ébola volvía a matar en África, que aunque está cerca de Europa, queda lejos.

En la vieja Europa, los virus eran cosa del pasado. Eran del pasado. Las situaciones cotidianas del África de donde salieron los colonizadores de la Tierra hace más de 40.000 años son peores que el ébola. Pero de manera inesperada, el ébola, sin pedir permiso, llegó a Europa generando un estado de paranoia generalizado.

La palabra protocolo se coló entre los titulares de los medios y de repente en los mismos medios vimos, leímos y oímos más expertos en virología que ciudadanos. La onda expansiva del miedo arrasaba con todo. La salud volvía a estar en las portadas. Los reproches se multiplicaron, las culpas a diestra y siniestra cubrieron ríos de tinta y de gigas. La información, o mejor dicho la falta de ella, o la desinformación eran la noticia.

Esto afectó, además, al turismo, a los negocios, de manera coyuntural, pero contundente. El valor de Iberia en el Ibex cayó el equivalente a 600.000.000 de euros en un solo día. Todo por un virus, un pequeño, microscópico virus que alteró los nervios de la población. La histeria empezó, como un potente virus, a extenderse.

Seguramente muchos habrán buscado alguna relación entre el estado de bienestar y el realismo. Si además de obtener vacunas o remedios adecuados para matar al ébola, la vieja Europa interpreta que invertir en África no solo podría evitar futuros ébolas, sino, sobretodo, contribuir a que el continente menos desarrollado del planeta, de donde surgió todo, tenga esperanzas de futuro.

Para entender esto último nos vale este dato: el virus del ébola fue identificado por primera vez hace 42 años durante una epidemia con alta mortalidad. Tan alta que en el año 1976 murieron alrededor del 92 por ciento de los infectados. Hace nada más que 4 décadas. Este dato habla por sí solo. Al final, la paranoia es el resultado de la ineficacia y la inoperancia magnificada por los medios y las herramientas digitales que buscan tráfico, clicks y data por encima de casi todo.

En 2020, olvidado el ébola, las miradas y la atención se centran en el COVID-19, popularmente llamado coronavirus. Una especie de gripe muy agresiva por ser novedosa para nuestro sistema de anticuerpos. Hasta hace nada Europa veía, desde la distancia, el desarrollo en China, y luego en las cercanas vecindades del sudeste asiático. Pero saltaron las alarmas en Italia y posteriormente en España. Un infectado, dos, tres, más de veinte. Como el contador de un partido de baloncesto los medios actualizan el número de contagiado al minuto. Mientras piden calma a la población, echan litros de gasolina sobre el fuego del miedo. 

El director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus explicó ayer que los síntomas más comunes de la Covid-19 son la fiebre y la tos seca. Según sus estudios, el 90% de los afectados estudiados tenían episodios de fiebre y el 70%, tos seca. “No suele ser una nariz que moquea”, apuntó. El director de la OMS insistió en la importancia de que la población conociese perfectamente los síntomas y estuviese informada sobre cómo actuar correctamente para ayudar a evitar la propagación del virus. “Este no es un momento para el miedo. Este es un momento para tomar medidas para prevenir infecciones y salvar vidas ahora. El miedo y el pánico no ayudan. Las personas pueden tener inquietudes y con razón. La gente puede estar preocupada, con razón. Lo más importante es tranquilizarse y hacer lo correcto para combatir este virus tan peligroso”

Esperemos que esta vez se aprenda algo. En vez de contagiarnos la paranoia, que podamos contagiar responsabilidad, conciencia social, ayuda al desarrollo, y sobretodo seriedad y rigor para informar y comunicar. La esperanza también es contagiosa. 

Los habitantes de Guinea-Conakry, Sierra Leona, Liberia, Nigeria han sufrido, y muchas siguen sufriendo el paso devastador del ébola. Aquella noche de octubre de 2014 las televisiones repetíann una y otra vez las imágenes de las sirenas azules y amarillas de la ambulancia y sus coches de policía que surcaban las desiertas calles de Madrid. El miedo vende.

No se preocupe más de lo necesario por el coronavirus, es muy similar a la gripe. La mayoría de las personas sobreviven (COVID-19) y, sí, es cierto que no tenemos una vacuna para ello, pero hay muchas personas que contraen la gripe y no reciben la vacuna. Si todos se vacunaran contra la gripe, eventualmente desaparecería. Diez o incluso 100 veces más personas se infectan con la gripe. Cuando algo se desconoce, hay miedo al contagio, hay un nivel de ansiedad … Captura la mente de una manera diferente.

Ustedes me dirá, pero como no preocuparme si se canceló el Carnaval de Venecia, se están jugando partidos a puertas cerradas, se recomienda no viajar a tal o cual lugar. A la vez que el COI de manera tajante anunció que los Juegos Olímpico de Tokio 2020 no se cancelan. La vida sigue. En Sierra Leona, uno de los países más golpeado por el ébolas hay un dicho que dice algo así: «Si estás en medio del océano, nada».

Los datos ponen al ser humano en segundo plano. Los datos hablan en silencio, pero pocos los escuchan.

Nacen 250 bebes por minuto en todo el mundo, unas 130.000.000 de personas por año.

Se habrán publicado este año unos 2.300.000 libros.

Han sido publicados más de 130.000.000 de libros en toda la historia moderna.

Más de 2.000 millones de personas no tienen acceso a un baño limpio.

780 millones de personas carecen de acceso al agua potable.

Más de 7.000 personas ya han muerto por el virus del ébola.

En los últimos 15 años pasamos de 910 millones usuarios de internet a cuatro mil cuatrocientos millones. De un 13% de la población mundial a más de un 57%. Los primeros mil millones se alcanzaron en 2005. Los dos mil millones en 2010. Los tres mil millones en 2014.

Cada día, todos los días, mueren unas 25.000 personas por hambre. Simultáneamente se gastan por día más de 550.000.000 de dólares en programas de obesidad y pérdida de peso.

Las enfermedades diarreicas son la segunda mayor causa de muerte de niños menores de cinco años, y ocasionan la muerte de 760.000 niños cada año. Hay 1.700 millones de casos de enfermedades diarreicas cada año.

Quedan unos 35 años hasta que se acabe el petróleo, unos 59.600 días hasta que se acabe el gas y 150.800 hasta que se acabe el carbón.

Me quedo con esta frase del Director General de la OMS: «El COVID-19 es una amenaza compartida. Solo podemos enfrentarla juntos, y solo podemos superarla juntos «.

Nos queda mucho por hacer más allá de la lucha contra el COVID-19. Quedan asignaturas pendientes que no ocupan ni el 1 por ciento del tiempo que se dedica a este virus: el analfabetismo, la lucha contra el hambre y la desnutrición, la violencia contra la mujer, los niños esclavos, la pobreza, la emergencia climática y tantos asuntos de capital importancia. Que un virus minúsculo, invisible al ojo humano no nos distraiga de lo importante. 

A diferencia de aquel año, todavía podemos hacer que en 2020 los hechos hablen más que los números. Que los gritos se oigan y se transformen en acciones. Que los silencios dejen de ser silencios. Que el mundo sea mucho más que sólo datos.

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2 Comments
  1. Pedro Lievendag

    Excelente artículo, escrito por una excelente persona, al q tu uve el gusto de conocer personalmente

  2. Eva

    Buena reflexión , con datos …Covid-19 la palabra clave de este nuestro siglo XXI.Vamos a ver cuánto de solidaridad tenemos los países…

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