Un 31 de julio de 1944 fallecía en Marsella, Francia, Antoine de Saint-Exupéry. Entre sus múltiples viajes no dejo de observar, de curiosear y de explorar. Nos legó infinidad de aprendizajes y sobretodo una cuestión central, la de no dejar de estar conectados con nuestro niño interior. Casi siete décadas más tarde estamos más que conectados, pero no tanto con ese niño interior sino con nuestro smartphone. No es lo que Saint-Exupéry imaginó, ni nosotros. 

Comenzó agosto y con su llegada terminó la actividad “normal” en España. Digamos que, tras la selectividad y el fin del colegio, grandes y pequeños se despiden por unas semanas de su rutina. Se abre un período de tiempo que muchos adultos ven con pánico. “¿Qué hacer con tanto tiempo libre?” “Los niños se van a aburrir”, se oye decir; como si una dosis de aburrimiento fuese mala. Precisamente sobre esto habla el excelente blog Rebeldes Digitales, que apunta a que “el ser humano presenta una característica que es exclusiva a su especie y es la capacidad que tiene para aburrirse. Ningún otro ser vivo se aburre, ni los animales ni las plantas lo hacen; sólo el hombre se aburre y tiene además conciencia de ello.” 

En el fragor de este cambio de ciclo (político, económico, social, vacacional) me sorprendí con las primeras conversaciones que mantuve. Muchas de de ellas, llamativamente, tenían que ver con la niñez. No sé si es un tema generacional, pero me hablaron, y mucho, sobre la necesidad de recuperar la espontaneidad, la frescura y la honestidad de los niños. Pero sobretodo de la curiosidad. El freno de mano aplicado en épocas estivales hace que muchos mayores puedan ver con más tiempo y atención a sus pequeños. A pesar de la necesidad de poder desconectar, casi 7 de cada diez personas reconocen que no pueden dejar de estar con su teléfono, incluso de vacaciones. “La adultez me ha alejado de esa ingenuidad del niño. Y lo echo de menos” me dijo una colega. Otra me dijo con su mirada intensa que “esta vida de velocidades descontroladas, superficial y caretas me tiene harta… pero es lo que hay”, remató como con resignación. En otro encuentro me mencionaron que lo mejor de las vacaciones es “desconectar” y también me mencionaron la “magia”, la “fantasía” y la “ilusión”, con un dejo de añoranza por la capacidad de sorpresa de los enanos. “Ya nada nos sorprende a los adultos”. A ellos les sorprende todo.

“Vivimos en piloto automático…No sé donde he dejado mi capacidad de sorpresa.” No me sorprenden estos comentarios, por el contrario, me alegran. No lo que describen, sino la consciencia despierta de lo que nos sucede. Y sin consciencia no hay forma de cambiar nada. Sin una conexión con lo que nos pasa es imposible encarar un cambio. Nuestra sociedad está viviendo un momento de agotamiento digital y a la vez se la ve alienada con tanto estrés. Agotamiento que podríamos llamar extenuación.

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A la gran mayoría de los españoles le resulta imposible desconectar en época vacaciones “por culpa” de su smartphone, ya que no pueden evitar mirarlo en algún momento. Cómo si el dispositivo tuviera vida. La única culpa, si es que la hay, es de las personas que no saben o no pueden lidiar con la tecnología. Curiosamente al consultar a los españoles sobre ¿cuáles serían sus vacaciones ideales? Más de la mitad responde que serían aquellas en las que se deshicieran por completo del teléfono, pero ya sabemos que entre el decir (el deseo) y el hacer (la realidad) existe un largo trecho. 

Aunque en el mes de agosto prácticamente la actividad profesional pasa a encefalograma plano, uno de los principales motivos para estar pendiente del teléfono, dicen, es el trabajo, sobre todo en puestos de más responsabilidad. Precisamente un alto ejecutivo me comentaba que cuánto más alto uno está en la jerarquía corporativa menos libre es. Paradojas del oficio.

Lo cierto es que el no poder desconectar por motivos laborales, a pesar de que más de la mitad desearía hacerlo, genera estrés. Sí, en vacaciones. Siguen las paradojas. Al final, desconectar por unos días tiene efectos beneficiosos para la salud mental, la física y sobretodo la emocional. 

Es cierto que los niños menores de 10 años viven todavía en un mundo que parece tan lejano al de los adultos. Un mundo sin caretas, donde el que ríe ríe, el que llora, llora y el que desconecta, desconecta. Donde un sí es un si y un no es un no. Donde la curiosidad reina y la imaginación gobierna. Un mundo de personajes imaginarios, dibujos animados y amor sin barreras.

Veía hoy a mi alrededor y solo había gente corriendo, apurada, acelerada. Pero también vi gente que miraba sin compartir esta realidad que creamos. Personas que están convencidas que retomar ciertos aspectos de la niñez y volcarlos en el universo corporativo sería una bendición.

El cerebro es un órgano que está en proceso de aprendizaje permanente. Pero cuando se enfrenta a algo desconocido lo que hace es relacionarlo con algo que ya conoce. Es su ámbito de seguridad, aunque en el fondo el cerebro también se autoengaña. Lo cierto es que al proceso de dejar de ser niños es desconocido, y a ello se suma la tecnología, que también lo es. Para muchos adultos la tecnología también es un nuevo territorio, y ese nuevo espacio los ha alejado más aún de lo esencial.

La avalancha diaria de mails, whatsapps, redes sociales, información en tiempo real, apps y etcéteras los ha llenado de estrés, los ha exiliado del aquí y del ahora, les ha quitado concentración y atención. Y en muchos casos los ha hecho menos productivos, a pesar que la tecnología, se suponía haría el trabajo más eficaz. Lo que hacemos ahora no es multitasking, ni siquiera es procrastinar, es cambiar de tarea a una velocidad inasumible y nos ha hecho menos productivos, generando mayores niveles de ansiedad. Ver a alguien pensando, reflexionando es sinónimo de que esta perdiendo el tiempo. Resulta una ironía pensar que el tiempo se pierde, el tiempo no se pierde, lo que se pierde es la  conciencia de su paso, de que somos seres finitos.

Algunos padres dirán que muchos niños también están estresados y sufren ansiedad. Y es cierto, muchos lo padecen. El sistema está diseñado para ello, no para lo contrario. No existe un sistema potenciador del factor humano, de la creatividad y de las emociones. Hoy un niño tiene más información en Google que cualquier adulto cuando tenía su edad. Pero los niños, a pesar de los adultos y de las expectativas que ponen en ellos, siguen siendo niños.

En Rebeldes Digitales también apuntan a la educación y al sistema, “la educación actual también intenta erradicar a conciencia este mal y nos impulsa a apuntar a los niños desde muy pequeños a miles de actividades extra-escolares, muchas formativas y muchas otras de relleno, pero todo vale si sirve para evitar a toda costa dejar caer a los niños bajo la influencia de este mal.”

“El aburrimiento”, incide el post de Rebeldes Digitales, “suele combatirse a fuerza de tecnología, de trabajo, de estudio, de una actividad social intensa o a base de una sobredosis de entretenimiento.  Y el menú de ocio actual nos presenta una variedad tan amplia, que a veces hasta nos intimida.  Una sensación parecida a cuando la señal de cable nos ofrece la posibilidad de elegir entre 400 canales y en un ataque de vértigo frente a tal cantidad de opciones, uno apaga la televisión y coge un libro. Pero si conoces bien tus preferencias y sabes adonde encontrarlas todo resulta ser mucho mas sencillo.”

Volviendo al fin de curso y al comienzo de ese periodo de pausa, reflexión y desconexión de la rutina que es el verano. Es en ese periodo en que recordamos que lo más importante de la vida, después de la salud, es el amor porque refleja lo más importante del ser humano, la generosidad, el dar. El dar sin filtros, sin interés y sin intereses. Dar por el sólo hecho de dar. Cuando un niño recibe dos caramelos estando con un amigo e instintivamente estira su brazo para darle uno de los dos caramelos a su amiguito, no especula. No espera nada a cambio, comparte porque quiere a su amigo, porque está en su esencia. Seguramente con el correr de los días, de las semanas, los pequeños nos contagien esa ilimitada capacidad de curiosidad y de conexión con lo esencial.

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“Los niños siempre dicen la verdad” repetimos una y otra vez. Y en esta época de mentiras falsas que vigente está George Orwell que dijo: “En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario.” Orwell qué falleció seis años más tarde que Saint-Exupéry también nos habló de un futuro complejo.

Los niños son el espejo de la sociedad, y para re conectar con lo que nos gustaría es importante volver a conectar con lo esencial, para estar en lo que queremos estar y sobretodo para estar con quienes queremos estar. A veces, alejarse un poco de la tecnología, a la que tanto le pedimos y a la que tanto le atribuimos la culpa de lo que nos quita.

Cuando nos conectemos con que son épocas importantes en la formación de nuestros niños que si no lo ponemos en valor nos perdemos experiencias de vida que sólo pasan una vezEstamos construyendo recuerdos, no lo olvidemos.

Todos tenemos la posibilidad de recuperar nuestro ser infantil, nuestra esencia más auténtica y honesta. Quizás así no tengamos que conectarnos con esa curiosidad, esa imaginación y esa frescura creativa de los niños solamente cuando acaba el colegio, comienza el verano y dejamos, por un rato, de correr.

Tal día como ayer de 1944 emprendía su último vuelo Antoine de Saint-Exupéry, autor de El Principito. Aún sigue haciendo volar nuestra imaginación. Las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas, escribió, y es muy aburrido para los niños tener que darles una y otra vez explicaciones, dijo y se marchó.

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