Aún no hay una expresión que defina el momento que estamos viviendo en relación con las novedades tecnológicas. He encontrado bastantes palabras que detallan este momento de la relación y entre las más destacados están abrumados, agotados y desbordados y mi favorito es colapsados. El ser humano empieza a sentir que la velocidad de la tecnología es inalcanzable, ya no solo desde su comprensión o adopción sino precisamente en su relación. Ya no sabemos como seguirle el ritmo. En el preciso momento que el ser humano empieza a comprender el uso de las redes sociales, descubre que las apps están allí, cuando el manejo de las apps empieza a resultar familiar surge la necesidad de comprender inteligencia artificial, no bien empezamos a descubrir que es esto de la IA y cómo nos afecta ya estamos conversando y descubriendo blockchain y así entre unas y otras, solo por mencionar algunas, se nos va la vida. O al menos eso siente el ser humano que entre ansioso y agobiado no encuentra la forma de lidiar con estos cambios y se colapsa emocionalmente.

La innovación tecnológica continua transformando industrias, empresas, instituciones, entornos, culturas y, cómo no, a las personas. Le hemos otorgado tanto poder a la tecnología que puede conectarnos y desconectarnos, amplificar nuestra ira o nuestra solidaridad, hacernos sentir emocionados, sociables, creativos, alienados, ausentes, solitarios, globales o modernos. Sin embargo, pasamos demasiado tiempo tratando de entender la tecnología y muy poco tiempo en descubrir al ser humano. Lo que nos ha llevado al punto de afirmar que hemos creado una sociedad tecno-céntrica relegando a la persona a un rol más utilitarista que trascendente.

Coincidiremos al afirmar que el cambio avanza más rápido que la velocidad del mismo. Esta aceleración no vino programada, fue generando velocidad conforme la adopción del ser humano fue más por imposición que por elección. Cuándo en los foros de padres de niños de entre 8 y 12 años se discute si los hijos deben tener un smartphone “porque el resto de niños ya lo tiene y sino se lo dan a los pocos que aún no lo poseen pueden quedar aislados del grupo de amiguitos” es un detalle, entre miles, que contrasta que la relación con la tecnología se nos está yendo de las manos.

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En los inicios de la era digital, el ser humano se encontró cara a cara con la tecnología “no social” que pareció complementar cualquier necesidad de interacción humana. Desde la introducción de los teléfonos inteligentes modernos en 2007 y las tabletas digitales en 2010, sumado a las redes sociales, los juegos online y las apps, hemos cambiado drásticamente nuestra relación con las personas y por supuesto con la tecnología. La tecnología de manera exponencial se volvió “social” y de manera inversamente proporcional provocó un retroceso en las relaciones humano a humano. Esto se ve reflejado en una presencia protagónica de la tecnología en las actividades diarias de las personas. Lo social empezó a darse de manera ¿“natural”? a través de las pantallas. Nos empezamos a conectar más a través de la tecnología en detrimento de una interacción social en el offline. Ya no quedan dudas que detrás de este cimbronazo social los grandes titanes tecnológicos (si es que aún pueden ser llamados solo así, tecnológicos) tuvieron un rol absolutamente central en provocar una inducción a este nuevo paradigma. Nadie podrá acusarlos de ello, pero aquí estamos. Pegados a las pantallas como sino hubiera un mañana.

Nuestros niños y adultos están enchufados a internet, dejando poco tiempo para las interacciones cara a cara (quiero decir sin pantallas de por medio). Lo cierto es que la introducción de la tecnología ni fue ni es el problema. Durante generaciones, los niños y no tan niños crecieron con nuevos inventos como radios, televisores, walkmans y la adaptación a los nuevos medios se dio de forma gradual y ciertamente lenta, progresiva.

Ahora, con cada nueva ola de tecnología, su velocidad de expansion y su celeridad en escalabilidad, las personas se empiezan a preocupan por los sacrificios que podrían desafiar la forma en que interpretamos nuestra humanidad. Aunque llegados a este punto (nuevamente) no tenemos claro que tipo de civilización deseamos. ¿O sí?

Lo que es singularmente diferente esta vez, en la irrupción de lo nuevo, sin embargo, es que estas novedades van eliminando seriamente las oportunidades de interacción social crítica esencial para no perder uno de los rasgos característicos de nuestra civilización.

Ya hemos entrado en un período en el que la tecnología está desplazando muchas oportunidades de interacción social. Algunos podrían argumentar, con acierto, que las nuevas tecnologías han abierto una ventana de comunicación a muchas personas que antes no podían hacerlo. Los avances en las tecnologías que nos permiten tener una movilidad sin precedentes para trabajar y estudiar en cualquier lugar, viajar de forma segura y mantenerse conectados socialmente, a pesar de las distancias, crear y comunicar de manera móvil, han coincidido con una conexión con dispositivos que paradójicamente dividen nuestra atención entre las interacciones a través de las pantallas y el cara a cara. Ya no sabemos distinguir si estamos más tiempo en el online o en el offline y este delicado equilibrio se presenta como un desafío cada día.

Y observamos, simultáneamente, como las pantallas están conquistando nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra socialización. O mejor dicho, como dejamos que así sea.

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España no es una excepción.

España cuenta con casi 40 millones de usuarios activos, y pasan una media de más de cinco horas diarias conectados a internet. Si fijamos un promedio de 23,6 las horas que pasamos en Internet de media cada semana (en algunas semanas son más y en otras menos) estamos “¿perdiendo?” un día a la semana. Más de 27 millones se conectan habitualmente a redes sociales.

Prácticamente nueve de cada diez los españoles utiliza teléfonos móviles inteligentes; el ordenador lo usa el 72%; la tableta, el 41%; los aparatos para internet en streaming en TV, el 10%; el eReader o los dispositivos de lectura digital, el 10%, y los wearables, el 7%.

Más de la mitad de los españoles usa el móvil como despertador. Lo primero que oyen y ven cada día es su smartphone. El 36% para consultar el tiempo; el 26% como agenda; el 25% para leer noticias; el 14% para gestionar tareas; el 5% para acceder a libros y revistas; el 3% para llevar registros de salud.

Tras conocer un poco más los datos y la realidad de nuestra relación con lo digital, casi seis de cada diez de los usuarios cree que las nuevas tecnologías conllevan más beneficios que riesgos.

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El ser social ante el desafío de la sociopatía digital.

El ser social necesita re conectar con la esencia de lo humano ayudado por la tecnología. Y nuevamente surgen las dudas acerca de nuestra esencia. ¿Qué es lo humano? ¿Acaso lo digital ya no es parte indivisible de nuestro ser? No todo el tiempo conectado es tiempo perdido, ni mucho menos. La economía digital crece y cada vez hay más gente que se gana la vida de una forma u otra gracias a Internet, y esto ha venido para quedarse. Al igual que en el ámbito educativo y de la formación.

Seguramente el tiempo empleado en la red crezca más de lo imaginable en los proóximos años, y eso es señal de que nuevas herramientas están disponibles para nuestra utilización.

Somos lo que sentimos y las relaciones nos definen.

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Queda en evidencia que la realidad digital tiene dos caras bien definidas. La cara más personal ve, incrédula, como el universo social a su alrededor se resquebraja. La cara profesional tiene a un click de distancia, a una pantalla de distancia, a miles de millones de personas necesitadas de consumir noticias, series, videos y fotos de gente desconocida, jugar en línea con personas a las que sólo le conocen el apodo, y con predisposición para pasar horas y horas conectados.

Las emociones son las que impulsan a comprar. Si la propuesta de valor de las marcas no evoca una respuesta emocional del público objetivo, será extremadamente difícil para sus posibles clientes comprarle. Así es, si el alma de la empresa (Branding) y la voz de la empres (marketing) no conectan emocionalmente, lo que están causando es que los potenciales clientes se alejen de usted y de su marca. O pero aún, que la ignoren.

El poder del contenido emocional no debería ser una sorpresa. Después de todo, las emociones nos llevan a la acción. Como consumidores, primero decidimos una compra basada en la emoción, y luego tratamos de justificarla a través de los aspectos más racionales de nuestro cerebro. A corto, mediano y largo plazo, las emociones son las que hacen que las personas prefieran unas marcas sobre otras, incluso si hay alternativas genéricas disponibles.

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Ni B2B ni B2C, ahora es B2P (Brand to People).

Y no es que el marketing basado en la emoción es aplicable solo al marketing B2C y a los consumidores individuales. Las personas de negocio a negocio también son seres de emoción. Las empresas son personas, los clientes y las marcas son personas, y quienes no entiendas de personas no entenderán de negocios. De hecho, muchas de las empresas B2B exitosas se centran en las emociones en su comercialización. Las marcas B2B logran aproximadamente el doble de impacto con un público objetivo cuando apelan al valor personal del comprador, incluido beneficios emocionales. Por ello el B2B exitoso es en realidad B2P.

El componente emocional está creciendo proporcionalmente al aumento de la tecnología en nuestra vida. Conectar desde los sentimientos, ayudados por la tecnología, está resultando ciertamente eficaz.

La emoción no se puede automatizar, por ahora.

Las nuevas tecnologías, sin importar cuán fascinantes sean, no sobrevivirán sin una comprensión de cómo se comportan las personas, cuáles son sus necesidades y cómo viven. La puerta para explorar enfoques creativos y centrados en el ser humano para la resolución de problemas que impulsan la innovación y la adopción está abierta. Dar forma a nuevas formas de pensar y comunicar está al alcance de todos. Juntos, y no solo desde el marketing, podemos aprovechar mucho más y mejor la rica intersección de la psicología, la ciencia, la tecnología, el arte y la cultura.

Tal vez ha llegado la hora de re pensar el equilibrio entre nuestra obsesión con lo digital y la interacción humana cara a cara. En un mundo del siglo XXI, los niños y los adultos necesitarán ejercitar las habilidades sociales que los preparen para el aprendizaje, el trabajo moderno, un futuro desconocido y prepararlos para participar en la construcción del mañana. Las plataformas digitales son parte de nuestro día a día, pero deben servir a los humanos en lugar de poner en riesgo nuestros instintos sociales básicos.

Las emociones están impactando a todas las empresas, a todos los negocios, a todas las organizaciones políticas, a la economía. Y no existe un estándar confiable para comprender cómo se sienten las personas y por qué se sienten así.

Las tecnologías a las que tenemos acceso representan avances asombrosos. Y no hay que entrar en pánico ante ciertos síntomas de nuestra sociedad en relación a los avances, ya que la historia está plagada de ejemplos de cómo la tecnología pasa por encima de los marcos sociales, económicos, culturales, legislativos, éticos y políticos que necesitamos para hacer buen uso de ella. Nuestro colapso mental y emocional está directamente conectado a la velocidad del cambio y a la profundidad del mismo. Así que seguimos tratando de comprender, absorber y abrazar la tecnología, sin renunciar a sus progresos. El desafío que se nos plantea es comprender y abrazar a las personas también. No debería preocuparnos ni siquiera obsesionarnos tanto nuestra relación con la tecnología ya que tan solo está atravesando un bache, que en breve se ajustará, el desafío está en lo humano de la relación.

 

 

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1 Comment
  1. kevin

    Excelente articulo, señor ANDY déjeme decirle que estoy aprendiendo todo lo referente al branding empresarial y creo que es un componente que debe tener toda empresa para poder subsistir, lo aprecio mucho y estaría encantado poderlo conocer..

    Atentamente:
    Kevin Luis Berrio Salazar
    Administrador de empresas
    Egresado de la universidad de sucre

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