Tuve la fortuna de estudiar Relaciones Internacionales en una época apasionante de nuestra historia. Fue justo después del fin de la guerra fría y de la caída del muro de Berlín, en una década en que se alumbraba un nuevo orden mundial. Los profesores nos recordaban el pasado del que veníamos y nosotros imaginábamos el futuro hacia el que queríamos ir. Fue en ese tiempo en que nació un concepto muy de hoy: VUCA. VUCA era la manera de describir la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad del mundo que nacería a comienzos de la década de 1990.

Una pandemia mundial necesita soluciones globales. En este contexto de cuarentena global, de incertidumbre internacional y de una situación desconocida nos estamos preguntando: ¿Estamos ante un nuevo orden mundial o una nueva transformación global? 

Para el ex secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger,la realidad es que el mundo nunca será el mismo después del coronavirus. Ningún país puede en un esfuerzo puramente nacional superar el virus. Abordar las necesidades del momento debe, en última instancia, combinarse con visión y programas de colaboración global. Si no podemos hacer ambas cosas a la vez, enfrentaremos lo peor de cada una”.

El nuevo orden mundial ni es nuevo ni ordenado.

Como ocurre con VUCA, la expresión «nuevo orden mundial” tampoco es nueva, apareció en el documento de los Catorce Puntos del Presidente norteamericano Woodrow Wilson después de la Primera Guerra Mundial para la creación de la Liga de Naciones. Este nuevo orden se refería al comienzo de un nuevo período de la historia en el que se manifiestan cambios profundos en las ideologías políticas y en el equilibrio de poderes.

Unos sesenta años más tarde, esta expresión volvió a los titulares de los medios, especialmente con el final de la Guerra Fría, cuando comenzó a utilizarse VUCA. Los entonces presidentes de Estados Unidos y la Unión Soviética, George H. W. Bush Mikhail Gorbachev usaron el término para tratar de definir la naturaleza de la posguerra fría y el espíritu de cooperación que se buscaba materializar entre las grandes potencias.

Los últimos acontecimientos parecen marcar el comienzo de una nueva era para la geopolítica internacional. Estamos en presencia de un nuevo orden mundial; un mundo nuevo.

Un virus llamado fake news 

Potenciando todo esto por el fenómeno de las denominadas “fake news” que corren, aún, como reguero de pólvora por la mecha de las redes sociales. Estamos convencidos de que la percepción que tenemos del mundo exterior es la correcta. Es interesante el fenómeno del hombre que elige autoengañarse para no tener que lidiar con la “realidad” imperante. Cada uno cree que lo que está viendo es lo verdadero, pero en este mundo de imágenes multipantalla y en tiempo real, no hay nada más incierto que la realidad. Existen algunas pruebas que confirmarían que los estímulos relacionados con Internet pueden distorsionar la percepción del tiempo debido a los mecanismos relacionados con la atención. Sin mencionar del sesgo provocado por los algoritmos y los poderes en la sombra. 

Nuevos desafíos, viejos problemas

En estos días de futurología y predicciones nadie puede decir a ciencia cierta cómo será el nuevo mundo. Hasta hace dos meses el tema candente era la “emergencia climática” y el gran esfuerzo que tomaría detener la degradación ambiental del planeta dominaba los asuntos y las cumbres mundiales.

Hoy pocos se acuerdan de aquello ya que el foco de atención está concentrado en el virus. Las grandes sacudidas globales no se dan de la noche a la mañana, sino que todas han sido parte de largos procesos de incubación que ahora se han manifestado. Pero que nadie se confunda, todos está íntimamente relacionados.

No puedo coincidir más con las palabras de Josep Borrell, Alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, “la COVID-19 remodelará nuestro mundo. Todavía no sabemos cuándo finalizará la crisis. Pero podemos estar seguros de que cuando esto ocurra, nuestro mundo será muy diferente. Lo diferente que sea dependerá de las decisiones que tomemos ahora.

Una economía fuerte y sana ayudará a curar. 

Los expertos de la OCDE cifran entre el dos y el tres por ciento la caída del PIB por cada mes de confinamiento. El comisario europeo de Mercado Interior Thierry Breton ve diferencias entre la recesión de 2008 y la situación actual. Ya no se trata del difuso concepto de hipotecas tóxicas y complejos productos financieros. Es el cierre del bar de la esquina, el centro comercial del barrio y el aeropuerto de la ciudad. “La crisis de 2008 afectaba a los bancos y estaba más lejos de los consumidores. Ahora golpea a ciudadanos y empresas”.

La discusión en los think tanks mundiales se desata, no sobre la cooperación, sino sobre si los chinos o los EE. UU. surgirán como líderes del mundo posterior al coronavirus. Mientras, El PIB global se contraerá un 3% en 2020, con Estados Unidos cayendo un 6% y Alemania el 7%. El PIB de España caerá un 8% este año y el paro rozará el 21%, según el FMI. China evita la recesión.  

El coronavirus acelerará el cambio de poder e influencia de oeste a este. 

Es probable que el famoso eje de poder económico mundial finalmente se instale en el sudeste asiático, donde además de China, Corea del Sur, Taiwán y Singapur han mostrado la mejor respuesta. China se las arregló bien después de sus errores iniciales, aunque desconocemos la realidad «no oficial». La respuesta de los gobiernos en Europa y los Estados Unidos ha sido muy escéptica, lenta, descoordinada y probablemente debilitará el poder de Occidente.

En Europa, Estados Unidos y Asia, la discusión se ha ampliado. Todo está a debate: las compensaciones entre una economía destrozada y la salud pública, las virtudes relativas de los sistemas de salud centralizados o regionalizados, las fragilidades expuestas de la globalización, el futuro de la UE, el populismo, los nacionalismos, los autoritarismos oel futuro del trabajo.

Casi todos en la aldea global están comenzando a sacar lecciones. 

El secretario general de la ONU, António Guterres, dijo que “la relación entre las potencias más grandes nunca ha sido tan disfuncional. Covid-19 se muestra dramáticamente, o nos unimos [juntos] … o podemos ser derrotados ”. En Francia, Macron ha predicho que «este período nos habrá enseñado mucho. Muchas certezas y convicciones serán barridas. Están sucediendo muchas cosas que pensábamos que eran imposibles.” En el Reino Unido ser «una nación de comerciantes», el gran insulto napoleónico, ya no se ve tan mal. En Italia, el ex primer ministro Matteo Renzi ha pedido una comisión para el futuro. En Hong Kong, una pared con graffiti dice: «No puede haber vuelta a la normalidad porque la normalidad fue el problema en primer lugar».

Desde 1990, la población mundial ha pasado de 5.200 a más de 7.700 millones de habitantes. Para el año 2050 se estima que la población mundial será de 10 mil millones de habitantes.

La buena noticia era que, incluso a pesar del incremento de la población, el número de pobres ha descendido de casi 1.960 millones a menos de la mitad (702 millones). La disminución en el porcentaje de población que vive con menos de 2 dólares al día (la medida de referencia del Banco Mundial para definir pobreza extrema) es de tal magnitud que descienden las cifras relativas y también las absolutas.

Quizás en medio de la crisis sanitaria más grave de nuestra generación hablar de pobreza resulte extraño, pero no lo es. Lo que si deberíamos hacer es sumar esfuerzos al objetivo de los organismos internacionales de reducir la tasa de pobreza extrema por debajo del 3% en 2030 (ya estamos más cerca del año 2030 que del año 2000). Por debajo de dicho 3% el Banco Mundial cree que se podría hablar por primera vez de fin de la pobreza.

Lo digital, el imperio silencioso 

Entre tantos países luchando por la predominancia internacional, un imperio silencioso se está erigiendo como el más influyente dominador global: el imperio de internet. Un imperio que está absorbiendo el poder y la influencia de los estados. Las compañías de este nuevo imperio no solo controlan la industria de los datos, sino que también empiezan a influir significativamente en la economía global y, por tanto, en el impacto social y cultural.

La Red se convirtió hace años en el primer medio más usado en el planeta; y el móvil en el primer medio de acceso a Internet. Alphabet (Google), Facebook, Amazon, Microsoft, Oracle,  llegarán a tener el poder de transformar economías globales con su presencia tan transversal y cada vez más ubicua. Para Fast Company “el nuevo orden mundial es gobernado por las corporaciones globales y las megaciudades-no los países. A medida que las ciudades y las empresas ganan en influencia y el poder de los estados-nación disminuye, el mundo está experimentando una transformación sísmica”. 

La economía de los datos

Mientras que los ejércitos del pasado conquistaban territorios físicos, la nueva geopolítica digital busca el control de la información y el poder de los datos. Las plataformas digitales ya se han integrado a la vida offline y son parte esencial en la vida social y cultural de la mayoría de los ciudadanos del siglo XXI. Me comentaba un experto en la material que la penetración digital en China no tiene que ver con lo comercial sino con el control. Es mucho menos complicado saber que hacen 1.200 millones de personas si están conectadas que en un mundo analógico. La nueva economía de los datos se conecta también con la nueva política del control. De qué manera influirán en los hábitos y costumbres de una sociedad el fin de la intimidad y la desaparición de la privacidad. Para Yuval Harari, “la cuestión política más importante de nuestro tiempo es quién controla los datos de las personas”.

El entusiasmo por las las nuevas tecnologías siempre va acompañado de nuevas inquietudes. Es necesario encontrar formas nuevas, mejores y responsables de avanzar hacia los futuros digitales donde ciudadanos, empresas digitales, gobiernos y activistas colaboren para crear formas de convivencia justas, equitativas, abiertas y transparentes.

Usar el conocimiento, invertir en conocimiento.

Hace más de tres décadas la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad del mundo se enmarcaban en un ámbito más geoestratégico, político y militar que empresarial. El comienzo de los años 90 me encontró estudiando hechos inéditos fue justo después del fin de la guerra fría y de la caída del muro de Berlín, en una década en que se alumbraba un nuevo orden mundial. El comunismo se ha encogido de manera exponencial desde entonces hasta su mínima expresión. Por el contrario el populismo se ha expandido pendularmente. El populismo no es una ideología sino una manera de aprovechar coyunturas específicas para ocupar espacios de poder. Ningún gobierno populista ha generado progreso, riqueza, equidad o unión en la sociedad. El llamado de atención a la política ya fue dado, la forma en que la política de siempre reaccione a los reclamos de hoy será esencial para definir qué tipo de futuro viviremos.

Invertir en formar una sociedad de conocimiento y potenciar su utilidad práctica será un buen antídoto contra las fórmulas que prometen soluciones rápidas y sencillas a problemas complejos. Lo cierto es que la riqueza futura de las naciones depende de su nivel de educación hoy.

La sociedad post crisis abre un abanico de dudas e incógnitas sobre la libertad, las relaciones, la privacidad, la globalización, la educación y la salud. Pero nunca tuvimos tantas herramientas, tecnología, conocimiento y talento para hacer frente a los nuevos desafíos y demostrar que nuestra civilización sabrá estar a la altura del desafío.

“Es muy pronto para sacar conclusiones, pero todos somos conscientes de que habrá un antes y un después de esta crisis” afirmó Breton; y vaticinó que  “nadie sabe cómo saldremos, pero se escribirá un nuevo mundo basado en otras reglas. Seremos más autónomos en ciertas áreas críticas. Las relaciones bilaterales se revisarán”.  Mientras, Harari incide en que «hay muy poca cooperación mundial y no existe un liderazgo. En los últimos años, políticos irresponsables han socavado deliberadamente la confianza en la ciencia y en la cooperación internacional. Ahora estamos pagando el precio»,

Las percepciones pueden variar de una persona a otra y hoy nada es tan real ni tan normal como lo percibimos, pero eso no es lo importante, sino lo que hacemos con ello. Si nuestra sociedad quiere comprometerse a forjar un futuro prometedor para las generaciones venideras una nueva cosmovisión de colaboración y cooperación internacional debe refundarse y definirse.

No sabemos hoy si el futuro será bueno, o malo. Pero sí sabemos que será nuevo. Y que será imposible descubrir un mundo nuevo usando mapas viejos.

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