Winston Churchill fue uno de los personajes más relevantes del siglo XX; para muchos, el más. Su rol durante la segunda guerra mundial fue determinante para el futuro de la humanidad. En su soledad del búnker de Londres tuvo que poner freno a la maquinaria nazi. El escenario no podía ser más desolador, media Europa ocupada y unos Estados Unidos que oían la guerra por la radio y la leían en los periódicos (hasta Pearl Harbor). La oscuridad avanzaba sobre el futuro y Churchill no tenía mucho que ofrecer… “No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.

“Me preguntáis; ¿Cuál es nuestra aspiración?. Puedo responder con una palabra: Victoria, victoria a toda costa, victoria a pesar de todo el terror; victoria por largo y duro que pueda ser su camino; porque, sin victoria, no hay supervivencia. Tened esto por cierto; no habrá supervivencia para todo aquello que el Imperio Británico ha defendido, no habrá supervivencia para el estímulo y el impulso de todas las generaciones, para que la humanidad avance hacia su objetivo. Pero yo asumo mi tarea con ánimo y esperanza.”

Todos le debemos un agradecimiento al gran Winston.

Casi todo lo que sé de Churchill lo escuche de boca de mi padre (para él indudablemente es la figura más destacada del siglo pasado), de libros series, documentales y películas. Pero si hay un personaje del siglo XX al que pude ver, oír y con el que compartí parte de sus hitos fue con el gran Nelson Mandela. Nació un 18 julio de 1918, 4 meses antes del fin de la primera guerra mundial. Este año se celebran los 100 años de su nacimiento y se prepara una gran celebración.

“Los verdaderos líderes deben estar dispuestos a sacrificarlo todo por la libertad de su pueblo”

Me encuentro en Sudáfrica, más precisamente en Cape Town, y desde donde escribo puedo avistar Robben Island, la prisión en la que encerraron a Mandela más de 18 años (luego otros nueves años en las prisiones de Pollsmoor y de Víctor Verster, para totalizar unos veintisiete años tras las rejas). Nelson Mandela fue el preso 466/64: el número marcaba que fue el preso número 466 de los que ingresaron en 1964. Durante los años que pasó encerrado en Robben Island, sólo podía escribir y recibir dos cartas por años, su celda era de cuatro metros cuadrados y sólo se le permitió recibir una visita de 30 minutos al año.

“Un hombre que le arrebata la libertad a otro es un prisionero del odio, está encerrado tras los barrotes del prejuicio y de la estrechez mental.“

Junto a mi un amigo sudafricano nacido en la misma región que Mandela y que me habla de el con devoción y emoción. No pude resistirme a comentarle que cuando tenía unos 15 años (hace apenas 34) me toco hacer un trabajo especial sobre el apartheid y que desde entonces quede atrapado en la sinrazón del sistema y en la fascinante historia de uno de sus principales detractores. Mientras le hablaba y hablaba de todo lo que había leído, el me contaba lo que se había vivido en el país, en primera persona y opte por escucharlo todo.

“Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario.”

Mientras los recuerdos se sucedían y su mirada denotaba una profunda emoción, los camareros se acercaban con frecuencia a preguntarnos si queríamos beber o comer algo más, y siempre lo hacían con una inmensa sonrisa de oreja a oreja. Los tiempos del apartheid quedaron atrás y emociona ver que hay un denominador común en todas las personas con las que he interactuado desde que llegué al Sur de África: hospitalidad, amabilidad, sonrisas, afecto, respeto, humanidad. Es junio de 2018 y el calor humano, ingresando en el invierno austral, se hace sentir.

Mi amigo me resume los años de lucha dentro y fuera de prisión para obtener la tan ansiada libertad. La figura de Mandela, aunque no la única, es esencial para entender lo que para mi fue casi un milagro: el fin del apartheid, el primer presidente negro, un proceso de reconciliación social. Al igual que “el largo camino a la libertad” no fue sencillo, el de la reconciliación total también lo es. Aún quedan algunos vestigios de aquellas épocas sombrías.

 “Ser libre no es sólo liberarse de las propias cadenas, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás.”

Las olas de dos océanos se funden frente a las costas del Cabo, mientras oigo absorto las anécdotas y las historias de lucha pero también de paz, de reencuentro y de esperanza. Hago una pequeña pausa para procesar esta catarata de historias, al coger el móvil las noticias que llegan hablan de conflictos, enfrentamientos, derechas, izquierdas, rupturas y brechas. Casi como si no hubiésemos aprendido nada de todo lo vivido en el siglo XX, y fundo mi mirada en el océano buscando una explicación.

“En este mundo moderno globalizado cada uno de nosotros somos el guardián de nuestro hermano y de nuestra hermana. Hemos fallado demasiado a menudo en esta obligación moral.”

Venir a Sudáfrica siempre me emociona. Estar en este continente tan olvidado a su suerte, que vio el nacimiento de este personaje tan inspirador, sentir esta hospitalidad, y observar las ganas de avanzar y progresar que tienen, me motivan.

Me quedo pensando en como habrá hecho Mandela su proceso interno para salir de la cárcel sin rencor y con vocación de perdón y unión. ¿Cómo es posible que el alma humana sea capaz de trascender para elevarse tanto por encima del miedo, de la venganza y del dolor? Trato de ponerme en sus zapatos y fracaso estrepitosamente, he de reconocerlo. No lo concibo, me resulta inimaginable, imposible, y eso agranda aún más mi admiración por él.

“El perdón libera el alma, elimina el miedo. Por eso es una herramienta tan poderosa.”

Su nombre y su figura están por doquier. “Madiba”, como le llaman aquí, se fue pero sigue estando.  Calles, plazas, colegios, fundaciones, imposible no cruzarse con sus frases, sus recuerdos y los lugares en los que luchó, sufrió, creció y abrazó a todos, por igual. Sus cien años son una buena ocasión para recordar lo que de verdad importa y los valores que nos representan como humanidad; más allá del color de la piel, del sexo, de la religión, de la nacionalidad.

“La honradez, la sinceridad, la sencillez, la humildad, la generosidad sin esperar nada a cambio, la falta de vanidad, la buena disposición para ayudar al prójimo (cualidades muy al alcance de todo ser) son la basa de la vida espiritual de una persona.”

Es probable que a la mayoría de personas que vinieron o vengan a Sudáfrica le pase lo mismo, sentirán una vibración especial. Tan acostumbrados al bienestar europeo nos hemos vuelto tan fríos que casi no sonreímos, casi no preguntamos “¿qué tal estas?”, nos hemos transformado en algo así como islas en un océano de soledades.

A la hora de ir al aeropuerto, en la puerta del restaurante, nos esperaba un coche. Cuando subimos, un señor me preguntó que cómo estoy, que qué tal mi día. Le respondo que muy bien, que cómo esta el, y me dice que esta 200% muy bien, que gracias.

Derribar y destruir es muy fácil. Los héroes son aquellos que construyen y que trabajan por la paz.”

Nos pusimos a conversar sobre la vida, sobre su trabajo, el mío, y en un momento necesité preguntarle como es que se lo ve tan feliz. Y el me responde que “estando feliz sus días se extienden y la vida dura más, que sonriendo se le abren puertas y consigue mas cosas y que no hay formula secreta para la felicidad, tiene que ver con agradecer lo que se tiene y mirar la parte positiva de las cosas.” Se lo cree, me lo creo. Me recuerda al otro Winston, a quién le oyeron decir que “las actitudes son más importantes que las aptitudes”. Y me dejó unos minutos en silencio para procesar lo que me acababa de decir.

Al despedirme en el aeropuerto, le pregunté ¿Cómo te llamas?,  “my name is Winston, not Churchill”, me respondió, mientras su sonrisa no podía iluminar más la mañana nublada de Cape Town y su carcajada contagiosa llenaba el coche de alegría.

Nos dimos un abrazo al despedirnos y en su sonrisa, la sonrisa de un hombre común, vi la grandeza de Mandela y la sabiduría de Churchill. Al despegar vi desde el cielo el Cabo de Buena Esperanza, la sonrisa de Winston me devolvió la esperanza en la humanidad.

Mandela_take-action-img_W1200_upscale_I1_Q80_P50-50_ratio

autor
3 Comments
  1. David

    Sintéticas en una lineas tu homenaje a tres personas,dos héroes de la humanidad que dieron lo mejor de sí para ayudar a tener un mundo mejor y más vivible,y un tercero,tu padre que uno de los mejores éxito que tuvo es hacer de ti un hombre con visión y creatividad

  2. Alicia

    Me gustó mucho tu artículo Andrés y sentí emoción al leer el comentario de tu padre tan orgulloso de su hijo y con razón!!

  3. Ricardo

    El legado que dejo Nelson Mandela es invaluable. No hay nada mas loable que dejar de herencia “humanidad” a este mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

borrar formularioEnviar