Desde que Internet es casi tan importante como el aire que respiramos todo está cambiando dentro y fuera del ser humano. Nunca antes estuvimos tan conectados y nunca jamás tanta gente se sintió tan sola. Una soledad acompañada y que suena a oxímoron, pero no lo es. Internet no define a la humanidad, pero la humanidad define a Internet. Sea lo que sea que estés buscando, sin duda lo encontrarás en Internet. A mayor conectividad mayores oportunidades pero muchas personas lo sienten como un problema. Nuevos modelos de negocios, nuevas plataformas de aprendizaje, nuevos ámbitos colaborativos, nuevas voces conviven ahora con nuevas fobias. A la ya conocida FOMO (Fear of Missing Out), ese “miedo” a perderte algo se suma una más reciente que se conoce como “nomophobia” (no-mobile-phone-phobia). Los hallazgos de uno de los estudios más recientes sugieren que los usuarios perciben los teléfonos inteligentes como su yo extendido y se adhieren a los dispositivos. Las personas experimentan sentimientos de ansiedad y desagrado cuando están separados de sus teléfonos. Mientras tanto, un estudio estadounidense muestra que la separación de las personas de sus teléfonos inteligentes puede conducir a un aumento en la frecuencia cardíaca y la presión arterial. Hay un tercer estudio, también reciente, que sugiere que casi 2 de cada 3 de usuarios de smartphones (66%) sufren de nomofobia, la dependencia de nuestro teléfono inteligente para nuestro “bienestar psicológico”.

Algunos lo llaman adicción, otros lo llaman evolución. Los especialistas en marketing digital lo llaman una oportunidad.

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“El objetivo de internet y sus tecnologías asociadas era “liberar” a la humanidad de las tareas – hacer cosas, aprender cosas, recordar cosas- que hasta entonces habían constituido la vida porque le aportaban sentido” escribió Jonathan Franzen. Mientras lidiamos con las nuevas tecnologías, algunos de sus efectos emocionales y psicológicos empiezan a ser tangibles. Tratamos de absorber todo cuanto sucede, sin terminar de comprender para qué sucede. Se llega a hablar de la desaparición de Internet. No en el sentido literal, sino en el más metafórico. “En unos años, tendremos tantas direcciones IP, dispositivos inteligentes y sensores que no nos daremos ni cuenta del uso de internet porque formará parte de la misma presencia humana”, afirmó el presidente ejecutivo de Alphabet, Eric Schmidt. “Se borrará la barrera entre el mundo ‘online’ y el ‘offline’, Internet será como el oxígeno”, Internet será tan esencial para nuestro bienestar que no podremos prescindir de él.

Entonces, volvemos a hacernos la misma pregunta una vez más: ¿Está Internet cambiándonos como seres humanos?

Estamos viviendo hitos de importancia capital mientras estamos ocupados hacienda otras cosas. Más de la mitad de la población mundial (53%) ahora está online. Los privilegiados somos más de cuatro mil millones sobre una población global de casi siete mil seiscientos millones.  Y los últimos datos muestran que casi 250 millones de nuevos usuarios se conectaron por primera vez en 2017. Esto es el equivalente a toda 5 veces toda la población de España, del más anciano al ultimo recién nacido. Los datos fueron publicado en “The New Global Digital” de We Are Social y Hootsuite.

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África, nuestra vecina del Sur, ha experimentado las tasas de crecimiento más rápidas, con el número de usuarios de Internet aumentando en más del 20 por ciento año tras año. Las tasas de penetración de Internet aún pueden ser bajas en gran parte de África central y el sur de Asia, pero estas regiones también registran el crecimiento más rápido en la adopción de Internet. Los crecimientos se entienden a partir del atraso en la llegada del progreso. Pero siempre es mejor tarde, que nunca.

La aceleración del acceso en las economías en desarrollo tendrá un impacto en la experiencia de Internet para los usuarios de todo el mundo, ya que empresas como Google, Facebook, Alibaba y Tencent se esfuerzan por ofrecer productos globales escalables que aborden las necesidades y contextos de estos nuevos usuarios.

Los jóvenes son el grupo de edad más conectado. En todo el mundo, el 71% está online en comparación con el 48% de la población total.

Los jóvenes africanos son los menos conectados, con alrededor de 3 de cada 5 jóvenes desconectados, en comparación con solo 1 de cada 25 en Europa (aproximadamente el 56 por ciento de todos los sitios web están en inglés y muchos niños no pueden encontrar el contenido que entienden o que es culturalmente relevante).

Más de 9 de cada 10 URLs de abuso sexual infantil identificadas a nivel mundial están alojadas en cinco países: Canadá, Francia, los Países Bajos, Rusia y los Estados Unidos.

Para nivelar el campo de juego digital para los niños y hacerlo más seguro, UNICEF hace un llamamiento a los gobiernos, el sector de tecnología digital y las industrias de telecomunicaciones para que den prioridad a la expansión del acceso a Internet y la protección de los niños online. Solo la acción colectiva -por parte de los gobiernos, el sector privado, las organizaciones infantiles, la academia, las familias y los propios niños- puede hacer que el espacio digital sea más accesible y más seguro para los niños, dice UNICEF.

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En todos los ámbitos de la vida hay riesgos y oportunidades. Que los adultos vean ambas caras de la moneda (Internet) sera un buen comienzo para proteger a los más vulnerables y prepararlos para el salto y su buen uso. El ser humano no teme ni a Internet ni al progreso, teme al miedo.

Internet ha facilitado que la sociedad se vea embarcada en un proceso de transformación nunca visto. Casi no queda espacio en la vida al que internet no llegue, y el cambio abarca todos los ámbitos cotidianos, lo laboral, cultural, legal, educativo, social, humanístico, y relacional. Internet y la digitalización nos han puesto al alcance de la mano herramientas tan poderosas para el bien como para el mal. Y surgen desde el uso que hacemos infinidad de nuevas preguntas. “¿Se puede trabajar y vivir sin Internet?” “¿Para qué invierto una media de cuatro horas por días en medios sociales?” “¿Hacia dónde se dirige esta sociedad Internetcéntrica?” “¿Cómo reformula Internet las relaciones afectivas?”  “¿Ha redefinido Internet el contrato legal?”, “¿Cómo está redefiniendo la vigilancia del espacio público?”, “¿Hay privacidad e intimidad en la era digital?” “¿Puede desaparecer Internet?” Son algunas de las cuestiones que se presentan día tras día, mientras mas certezas adquirimos más incertidumbres creamos.

Es evidente que este tipo de preguntas abre la puerta a otras y así sucesivamente. Entretanto los usuarios en África han aumentado más de un 20 por ciento año tras año. Gran parte del crecimiento en los usuarios de Internet ha sido impulsado por teléfonos inteligentes y planes de datos móviles más asequibles. Más de 200 millones de personas obtuvieron su primer dispositivo móvil en 2017, y dos tercios de los 7.600 millones de habitantes del mundo ahora tienen un teléfono móvil.

Más de la mitad de los teléfonos en uso en la actualidad también son dispositivos “inteligentes”, por lo que cada vez es más fácil para las personas disfrutar, aprovechar Internet donde sea que se encuentren.

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El uso de las redes sociales también continúa creciendo rápidamente, y la cantidad de personas que utilizan la plataforma superior en cada país ha aumentado en casi un millón de nuevos usuarios cada día durante los últimos 12 meses. Más de 3.000 millones de personas en todo el mundo usan las redes sociales cada mes, y 9 de cada 10 usuarios acceden a sus plataformas elegidas a través de dispositivos móviles.

Si atendemos a los números, veremos que el número de usuarios de Internet en 2018 es de  más de 4 mil millones, un 7 por ciento más que el año pasado. El número de usuarios de redes sociales en 2018 es de 3.200 millones (Casi 1 millón de personas comenzaron a usar las redes sociales por primera vez todos los días durante el año pasado, lo que equivale a más de 11 nuevos usuarios por segundo). El número global de personas que usan las redes sociales ha crecido un 13 por ciento en los últimos 12 meses, mientras que Asia Central y del Sur registra los incrementos más rápidos (un 90 por ciento y un 33 por ciento, respectivamente).

Estamos viendo un mayor número de usuarios mayores uniéndose a las redes sociales también. Solo en Facebook, el número de usuarios de 65 años o más ha aumentado en casi un 20 por ciento en los últimos 12 meses.

El número de adolescentes que usan Facebook también ha aumentado, pero el número de usuarios de 13 a 17 años de edad solo ha crecido un 5 por ciento desde enero de 2017.

Finalmente, la cantidad de usuarios de teléfonos móviles en 2018 es de 5.135 millones, un 4 por ciento más que el año anterior. Más de dos tercios de la población mundial ahora tiene un teléfono móvil, y la mayoría de las personas ahora usa un teléfono inteligente.

No es solo que la cantidad de personas que usan Internet que ha aumentado este año; la cantidad de tiempo que las personas pasan en Internet también ha aumentado en los últimos 12 meses (según los datos más recientes de GlobalWebIndex) muestran que el usuario promedio de Internet es de alrededor de 6 horas al día usando dispositivos y servicios con conexión a Internet, es decir, aproximadamente un tercio de sus vidas diarias.

Además, esta información es solo para el uso de la web. Los últimos datos demuestran que las personas ahora pasan 7 veces más tiempo usando aplicaciones móviles en comparación con los navegadores web móviles, por lo que la “cuota de internet” de los dispositivos móviles es incluso mayor de lo que sugieren las cifras anteriores.

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Finalizando, por tercer año consecutivo, los filipinos pasan la mayor cantidad de tiempo en las redes sociales. Seguidos por los brasileños y los indonesios y los tailandeses que han superado a los argentinos para ocupar el tercer y cuarto lugar en el ranking de este año.

La tecnología en general e Internet en particular han avanzado mucho más velozmente que el ser humano. Toca buscar que el ser humano se ponga a la velocidad de la tecnología y que pueda hacer de la misma una herramienta para el bien.

Los datos dicen mucho y hay otros que también nos abren en canal la arteria de la insensibilidad para despertar la conciencia de lo que hemos hecho, pero más aún de lo que podemos hacer para cambiar lo que no nos gusta.

Cada día mueren unas 25.000 personas por hambre (de los que 8.500 son niños). El mundo produce suficientes alimentos para 10.000 millones de personas. Sin embargo, un tercio de esos alimentos se echan a perder durante la cosecha, el transporte y el almacenaje. Los pobres del mundo dedican el 70 por ciento de sus ingresos a comprar alimentos.

Simultáneamente se gastan por día más de 550.000.000 de dólares en programas de obesidad y pérdida de peso.

La obesidad se presenta ya como un problema global y se estima que cada año mueren unas 2,8 millones de personas a causa de la obesidad o sobrepeso. Más de 2.100 millones de personas en el mundo sufren sobrepeso, de los cuales 670 millones son obesos. El 30% de la población mundial, creciendo de manera alarmante. En Europa y EEUU la incidencia de la obesidad infantil se ha duplicado en los últimos 20 años.

En torno al 2,8% del PIB global se calcula el impacto de la obesidad en la economía mundial. La obesidad eleva los costes de atención sanitaria un 50% cada año, más que el tabaquismo (20%).

Detrás de cada cifra hay un ser humano, una historia.

Otro factor que aún mata a más gente, aunque ni siquiera se considera una patología: la soledad y el aislamiento social. Más de nueve millones de personas en Inglaterra, dos de cada diez, se sienten solas siempre o algunas veces, según un informe de 2017 publicado por la Comisión Jo Cox sobre la soledad. Por este motivo, la primera ministra Theresa May decidió crear el “Ministerio de la soledad” y ya se incorporó al gabinete el “ministro para la soledad” (lo entrecomillo para destacar la insoportable levedad de nuestra era).

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Las enfermedades diarreicas son la segunda mayor causa de muerte de niños menores de cinco años, y ocasionan la muerte de 760.000 niños cada año. Hay 1.700 millones de casos de enfermedades diarreicas cada año.

Quedan unos 40 años hasta que se acabe el petróleo, unos 59.600 días hasta que se acabe el gas y 150.800 hasta que se acabe el carbón. Todavía estamos en los albores de las energías limpias. Las renovables aún no se han expandido al nivel que una transformación de las energía como esta requeriría.

Más de 780 millones de personas carecían de acceso al agua potable en 2014, 663 millones es el total de personas sin acceso a agua potable mejorada en todo el mundo (por primera vez la cifra baja de los 700 millones).

Casi mil millones de personas en todo el mundo viven sin electricidad en la actualidad y se estima que 780 millones de ellas podrían permanecer fuera de la red eléctrica en 2030.

El mundo está repleto de desafíos y de oportunidades. Este mundo, que vive el mejor momento de su existencia aún tiene varias asignaturas que resolver. Despedimos el siglo XX con la ansiedad como “enfermedad” transversal en el mundo y recibimos el siglo XXI con la soledad que mata. Una nueva pregunta nos asalta: ¿Estamos genéticamente programados para la insatisfacción?

Existe también un espacio de ilusión con ámbitos que invitan a la esperanza.

Hace seis décadas, una de cada dos personas vivía en pobreza extrema y crónica. En la actualidad este drama afecta al 10% de los humanos. Cada hora 6.000 personas salen de la pobreza. Desde 1980 el porcentaje de personas que viven en la pobreza extrema se ha reducido a una cuarta parte. En el sur de Asia la sufrían el 50% y ahora el 15%. En el este de Asia y el Pacífico, la pobreza extrema pasó de afectar al 80% (cuatro de cada cinco personas) al 3,5%.

El desarrollo “humano” es la clave del trabajo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. “El crecimiento económico no creará empleo y disminuirá la pobreza a menos que se trate de un crecimiento económico inclusivo, donde las necesidades de los pobres y de los marginados estén en el foco de atención. Los estudios muestran que cuando hombres y mujeres tienen las mismas oportunidades y libertades, el crecimiento económico se acelera y los promedios de pobreza caen más rápidamente.”

En el siglo XIX no había ningún país cuya esperanza de vida superara los 40 años. Ni tan sólo el más rico. Hoy no hay ni un solo país en el mundo donde la esperanza de vida sea menor de 40 años.

En 1980 el 44% de las personas del planeta no sabían leer y escribir; ahora son sólo el 15%, según datos de la OCDE y la UNESCO.

En 1960, según datos de la OMS y el Banco Mundial, de cada cinco niños uno se moría antes de cumplir cinco años; ahora sobreviven 19 de cada 20.

Hace 100 años menos del 20% de los países del mundo eran democracias. En 1941 apenas 11 países lo eran. En los noventa, el 46% de los países eran democráticos; hoy lo son el 64%.

Hay luz al final del camino. Y también en el camino.

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La gente que vive hoy es más rica, goza de mayor salud, es más libre,es más pacífica, tiene mayor acceso a la educación  y goza de mayor igualdad que nunca antes (el nunca antes es importante). Los datos, estos fríos números, señalan que mejoramos, que en general, la humanidad se encuentra mejor que nunca. Pero no es un regalo, es el trabajo y el sacrificio de muchas personas por lograrlo.

Ya es tiempo de que más personas se sumen a trabajar para que el centro de nuestro futuro no este en curar sino en prevenir. En usar de manera sabia e inteligente todas las herramientas que el progreso nos ha dado. Dijo Theresa May que “para mucha gente, la soledad es la triste realidad de la vida moderna“. Hay mucha más gente que encuentra en la modernidad motivos suficientes para crear un mundo mejor. Como civilización, a trompicones y de maneras no siempre comprensibles u ortodoxas, hemos avanzado hacia lo que hoy disfrutamos como progreso. Es indudable que nuestro mundo de hoy, con sus defectos e imperfecciones, es mejor que nuestro mundo de ayer. Coincidiremos en que  seguimos lejos de un mundo ideal, pero los números, los que hablan de lo que falta y de lo que logramos, nos dicen que progresamos. Aunque no todos tengan claro hacia que dirección avanzar desde ahora y aunque falte mucho por preguntar, por descubrir, por explorar y por hacer. Nunca antes estuvimos tan conectados y con tantas herramientas a nuestro alcance para lograrlo.

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