Tomen nota de estas dos palabras: Inteligencia Artificial. No van a oír hablar de ninguna otra cosa con más énfasis en el futuro inmediato que de eso. En ese futuro se dibujan grandes cambios plagados de oportunidades y de incógnitas. Nadie sabe cuáles serán el alcance y la rapidez de los cambios. Pero si que el proceso ha comenzado con fuerza. Habrá que ver si se trata de una revolución equiparable, en su capacidad de transformación, a la que generó internet, pero lo cierto es que la inteligencia artificial está ya en el centro de nuestro futuro.

Debemos empezar por asumir plenamente que la dependencia cada vez más extendida de las tecnologías existentes y futuras no tiene pasaje de vuelta. La buena noticia es que los avances en la Inteligencia Artificial (AI por sus siglas en inglés) impulsarán ​el uso y usufructo de este nuevo recurso natural que muchos llaman Big Data y que pocos han sabido transformar en valor. De hecho, el concepto big data, empieza a desaparecer de las conversaciones para dar lugar a la AI. Precisamente esto sucede por la habilidad de AI en el procesamiento de datos y en como proporciona una inmensa utilidad comunicacional, comercial y empresarial que puede, exponencialmente, reemplazar a las tecnologías existentes y a las capacidades humanas convencionales.

Artificial-Intelligence

Se abre una nueva era para la relación empresas, instituciones y organizaciones-personas.

Estamos ante el comienzo de otra gran convergencia: el aprendizaje automático, el análisis y la gestión de datos a escalas casi infinitas y el aumento del poder de cómputo. Esta convergencia convertirá la inteligencia artificial (AI) en esencial. Imposible concebir un aspecto de nuestro futuro que no se vea afectado por ella.

Es precisamente por ello, acompañado por la creciente e imparable explosión de datos, que la AI se ha posicionado como la tecnología esencial de las próximas décadas.

Las primeras fases de la AI forman parte de nuestros hábitos diarios desde hace tiempo. Hace años que Amazon utiliza algoritmos predictivos para ofrecer al usuario recomendaciones basadas en su historial de búsquedas o compras. Google usa el aprendizaje automático para completar las expresiones de búsqueda, y a menudo logra predecir acertadamente lo que busca el usuario. Facebook y el resto de plataformas digitales también son parte de esta irrefrenable ola. La AI es esencial para el futuro de la autoconducción (transporte privado, público, logístico, comercial y tantos etcéteras como la imaginación permita). No sólo serán útiles a la hora de evitar colisiones o atascos sino también para optimizar el tráfico en autopistas y carreteras.

La AI estará presente en cada segundo de la vida de cada empresa, de cada organización de cada persona conectada. En el futuro inmediato veremos un avance a dos velocidades. Empresas que ya la utilizan y todas aquellas empresas que necesitarán integrarla en sus productos y servicios. Sin ello les resultará muy complejo competir con otras que si usen redes de recolección de datos para aplicar dichos resultados a mejorar las experiencias de los clientes y ayudar a guiar la toma de decisiones empresariales.

Los consumidores de hoy ya han asumido y asimilado que la vida se desarrolla en armonía con nuevas tecnologías y entornos cada vez más digitales a su alrededor. Conscientes de que la vida es “espiada” y “trackeada” a cada paso la expectativa de los consumidores es que las empresas que poseen todos esos datos se anticipen a sus necesidades y entreguen respuestas instantáneas y personalizadas a cada consulta. Que los datos hagan de la vida de las personas algo mejor. En otras palabras, un intercambio más justo: datos a cambio de valor añadido.

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Como toda nueva tecnología en sus primeros años, la AI ha sido demasiado cara o compleja como para permitir su uso en la mayoría de las empresas. Adquirirla y luego integrarla con las operaciones habituales puede ser costoso y complejo, pero es una cuestión de tiempo que se haga accesible y su uso se extienda sin límites.

Mientras ese proceso se de muchas empresas seguirán tomando decisiones guiadas más por el instinto que por la información.

Lo cierto que la AI no se limitará a un ámbito específico. Desde el comercio a Hacienda, desde los medios de comunicación a la nueva TV a medida, desde las ciudades al turismo… Llegará ese día en que los clientes-ciudadanos-contribuyentes-turistas-etc hablarán con chatbots interactivos que podrán recomendarles productos, restaurantes, hoteles, servicios, espectáculos, según su historial de búsquedas, comentarios, compras y recomendarles actividades, ofrecerles descuentos especiales o manejar cuestiones de servicio como el transporte o necesidades específicas.

Los asistentes digitales inteligentes ayudarán a las personas tan bien –incluso mejor- que un asistente humano.

Dos de las cuestiones que dominan el presente de la AI son la seguridad y la privacidad. Cuantos más datos uno entregue (renunciando a la ficticia privacidad, porque los estamos entregando a veces sabiendo que lo hacemos y muchas veces sin saberlo) mejor podrá la máquina predecir nuestras necesidades. Y dado que la AI se alimenta de datos el concepto de privacidad quedará borrado prácticamente.

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Aquí es donde entra en escena las palabras responsabilidad y confianza. La gente elegirá a las empresas que sean transparentes respecto del uso que hacen de los datos personales de la gente. Pero no siempre se puede elegir. Uno no puede elegir un Ayuntamiento o una Hacienda o una Policía. Por lo que la gente debería exigir a las Administraciones, organismos e instituciones que sean responsables en el uso de los datos. El procesamiento y ­gestión de datos, anonimato y la privacidad deberían ser parte de un combo ideal, indivisible a la vez que improbable.

Lo cierto es que gran parte del debate está centrado en como se reinventarán los espacios de trabajo (oficinas, fábricas, laboratorios, cadenas de montaje, etc) y el trabajo, a partir de la irrupción de las máquinas. Casi 6 de cada diez de los empleos actuales en los países de la OCDE están en riesgo de desaparecer como consecuencia del auge de este proceso. Veremos a la máquina como compañero de trabajo o como quien ocupara nuestro puesto de trabajo. La AI podría ayudar a generar nuevos niveles de productividad, eficiencia y rentabilidad. No queda claro aún a coste de que, o mejor dicho de quienes. O si precisamente por su aportación las máquinas ayudarán a mejorar nuestras vidas en lo profesional y por lo tanto en lo personal también.

Este debate abre una ventana a una nueva dimensión en la relación entre el hombre y la máquina. Lo empresarial será casi anecdótico si lo enmarcamos ante cuestiones más de tipo existencial. En lo tangible veremos como industrias enteras se transformarán. Seremos testigos de cómo las máquinas desplazarán a miles de trabajadores al poder automatizar cada vez más –ciertas- tareas. La historia nos ha demostrado que ser apocalípticos no ofrece soluciones ante los desafíos del futuro. Justamente la IA abre todo un nuevo escenario de nuevos trabajos y también simplificará algunos de los empleos actuales y generará otros nuevos de los que aún no sabemos. El impacto de la AI es de tal relevancia que no podemos, aún, dimensionar su verdadero alcance. Los algoritmos, por ahora, no tienen emociones ni ética. La automatización de la vida abre interrogantes legales. ¿Cómo debe regular el derecho la relación de los seres humanos con las máquinas? La Comisión de Asuntos Jurídicos de la Comisión Europea acaba de aprobar un informe pidiendo que se cree un marco jurídico concreto, que se constituya una agencia comunitaria centrada en esta materia y que se establezca un código ético voluntario.

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Algunas de las voces “apocalípticas” provienen de algunas de las mentes más lúcidas de nuestra época. Stephen Hawking o Elon Musk por mencionar a dos de ellos. Este último advirtió que “tenemos que ser muy cuidadosos con la Inteligencia Artificial. Es potencialmente más peligrosa que las armas nucleares”. Y no se quedó allí, agregó que “yo me inclino mucho a pensar a que debe haber una especie de regulación, quizás a nivel nacional e internacional, sólo para asegurarnos que no haremos algo muy tonto”, dijo. “Con la inteligencia artificial estamos convocando al demonio.”

Por su parte el científico británico vaticina que la inteligencia artificial podría ser “lo mejor” o “lo peor” para la humanidad. Aunque también afirma que los robots “podrían llegar a tomar el control y se podrían rediseñar a sí mismos”… y que “el desarrollo de la inteligencia artificial podría significar el fin de la raza humana“, si los sistemas artificiales llegaran a superar en inteligencia a las personas.

Afortunadamente la AI, de momento, está lejos de superar a la humana. Aunque voces como la del filósofo sueco Nick Bostrom anticipa en Superinteligencia que “existe un 90% de posibilidades de que entre 2075 y 2090 haya máquinas tan inteligentes como los humanos“, seguramente ninguno de nosotros podamos verlo, o decirle que acertó o se equivocó. ¿O sí podremos?

Intentando enseñar a los ordenadores cómo deben aprender, los progresos están llegando con el uso de algoritmos que se inspiran en el funcionamiento de nuestro cerebro, de nuestras neuronas. Son las llamadas redes neuronales artificiales, que dan paso a lo que conocemos como deep learning, aprendizaje profundo. No hay, y probablemente no habrá mejor red neuronal que un cerebro más una máquina.

Creer que la AI será autónoma, es decir que prescindirá por completo del factor humano, sería un error de cálculo mayúsculo. El factor humano debería seguir siendo esencial en muchos ámbitos. De allí que existen varios tipos de machine learning, tres de los cuales destaco: el supervisado (algoritmo que trabaja con información etiquetada, la AI del presente), el que no tiene supervisión (el sistema reconoce patrones y etiqueta los datos por sí solo) y el que funciona por refuerzo (el más complejo y que probablemente termine imponiéndose: la máquina aprende sola mediante ensayo y error. Se refuerza el sistema con los propios aciertos). Veremos quizás a la máquina conseguir algo cercano a imitar la intuición humana, pero ¿veremos a la inteligencia artificial sentir como la humana?

Sobre el machine learning el salto hacia el siguiente nivel verá como la evolución de descriptivo a predictivo, pasará a prescriptivo. El valor descriptivo ayudaba a entender ¿qué pasó? El predictivo apuntaba a anticiparse a ¿qué va a pasar? El prescriptivo será el valor que ayude a ¿cómo hacer que pase? Evolucionando de la predicción a la optimización. De momento encontrar una combinación entre lo predictivo y lo prescriptivo será un buen comienzo.

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La consultora Gartner predice que para el año 2020 el 85% de la interacción con los clientes será gestionada por inteligencia artificial. Para el año 2019 se estima que la AI representará un mercado de $ 28 trillones. Y en una encuesta entre ejecutivos europeos sobre cuando estiman que la AI tendrá un impacto significativo en su industria, un 35% respondió que en los próximos dos años y un 36% en los próximos 3-4 años.

Son múltiples los retos a los que se enfrenta la sociedad de la inteligencia. Laborales, educacionales, sociales, incluso trascendentales y éticos. Pero es la ley del progreso, nuevos escenarios, nuevos desafíos y sobretodo nuevas oportunidades.

Estamos creando una sociedad en la que el hombre convivirá con inteligencias artificiales entre los que habrá asistentes personales, transportes autónomos, robots en nuestros trabajos y hogares y mentes digitales que formarán parte de nuestra cotidianeidad. En el mundo del futuro las cosas del día a día van a cambiar más de lo que pensamos, esperamos o imaginamos. Si nadie levanta la voz y propone un futuro alternativo, ya sabemos en que tipo de mundo pasaremos el resto de nuestra vida. Y quién la controlará.

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  1. e texto. Nos pone al día en el tema de la inteligencia artificial y su impacto en el futuro de la humanidad. Impacto que ya estamos presenciando. Agradezco la inserción en la Red.

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