Veníamos a mil por hora. Acelerados, ansiosos. Nos habíamos transformado en procrastinadores seriales. Consumíamos series sin parar, vivíamos la “vida loca” bailando “Despacito”, hundiendo nuestras cabezas en el universo digital. Acelerábamos sin freno, avanzando sin un destino claro. Y de pronto, como una locomotora del far west que frena en seco, oímos el grito agudo de las ruedas; un sonido desgarrador. Y el mundo, nuestro mundo, se detuvo por completo.

La socialidad está en la raíz de la condición humana. Y nos han quitado lo social, al menos en el espacio físico. Cuando vivíamos en ese mundo físico real, en esos tiempos recientes que ahora parecen tan lejanos, nos refugiábamos quizás demasiado en el virtual, y ahora que estamos obligados al virtual, queremos volver urgentemente al físico. Olvidamos por momento que seguimos aprendiendo a vivir entre estos dos mundos que ya son uno. 

La estación en la que se detuvo nuestro mundo es la casa de cada uno. Un espacio por redescubrir. Nos dejaron en la estación con la familia, con mucho tiempo y con una maleta llena de ansiedad, temor y angustia. En este momento en que el stop se ha transformado en una cuarentena forzosa, lo virtual se expande y nos sirve extraordinariamente para aliviar el peso de la maleta. Nos conectamos con el exterior porque en el interior la realidad no se puede camuflar. 

Veíamos como lo virtual era cada vez más real en un mundo cada vez más artificial y como la excesiva dependencia a lo digital nos ha hecho añorar repentinamente un contacto más físico en el que no basta un mensaje de WhatsApp sino un contacto que vuelva a pasar por los sentidos.

El encierro ha liberado la capacidad creativa de muchas personas.

La sociedad conectada empieza a aliviar su angustia a golpe de memes y de videos originales y creativos.  Y mucha de esa creatividad se está contagiando a través de las pantallas. Los días de #yomequedoencasa nos confirman que las relaciones virtuales están muy bien aceitadas, mientras que la convivencia intensa se hace difícil. Las redes sociales, las apps y la conexión constante son la norma y los números de navegación, uso y tiempo crecen exponencialmente. A nivel social esto se está dando de manera natural, pero muchas empresas, la mayoría está sufriendo. Aún estancadas en modelos pre-digitales, migrar la operación, o parte de ella, a un mundo digital les está costando más mentalmente que operativamente. 

La gente pedía tiempo, ahora tiene tiempo.

La gente añoraba pasar más tiempo con sus hijos, ahora lo tiene. La gente decía que no podía llamar a amigos o familiares porque no tenía tiempo… Y el tiempo empieza a transformar los anhelos en realidad. El aumento de llamadas telefónicas creció exponencialmente. Nos estábamos relacionando a un nivel de WhatsApp, veloz, inmediato y muchas personas han vuelto a conectar a través de la voz humana. 

Nos levantamos por la mañana dudando. ¿Lo que nos pasa es verdad o estamos metidos en una irrealidad? 

Sentimos como si el mundo se hubiera detenido, y se detuvo. Y no sabemos cómo gestionar la inmovilidad exterior porque nos llama a movilizar el interior, de cada uno.

Es probable que esta quietud impuesta, este encierro sin fecha cierta nos pueda venir bien. 

Estábamos muy acelerados y ansiosos, corriendo mucho a ninguna parte y es probable que cuando salgamos, volvamos a correr. Pero si de algo nos sirvió esto es para tener una conciencia más despierta acerca de qué es importante.

Cuando el encierro se hizo cada vez más estricto, fuimos nuevamente conscientes que dependemos de cosas muy poco virtuales: líderes, enfermeras, enfermeros, doctoras, médicos, cajeras y reponedores, de farmacéuticas, de transportistas, de cuidadores de niños y de ancianos. Y por más que se habla de la digitalización y la automatización, nos damos cuenta del carácter exagerado que hemos dado a lo digital en la vida personal y que poca atención le hemos prestado en la profesional.

Lo digital es importante, pero no reemplaza aspectos esenciales del mundo físico. Lo digital se creó para que nos facilite el trabajo y la vida pero lo que más echa de menos la gente no es eso, sino el salir, el abrazar, el darse un beso, el contacto, el café con amigos. 

Cuando se acabe, que se acabará, el encierro, veremos una sociedad nueva.

No volveremos a la normalidad pre-crisis, sino a una normalidad desconocida. 

El trabajo es otra historia. La mayoría de empresas se encontraron con el STOP y el encierro sin haber prestado mucha atención en el pasado a la verdadera digitalización de sus procesos. Por la razón que fuere no se prepararon para incorporar y ahora usar todo el potencial que gracias a la tecnología y la interconexión puede desplegar una empresa, más allá de su tamaño. 

El teletrabajo es tan sólo una parte de la transformación, no la única. Es evidente que el mismo no es para cualquier persona y que no todos tienen la auto disciplina y el compromiso para hacerlo. Pero hay una mayoría que puede hacerlo sumando a su no tener que ir a una oficina un impacto positivo en el tráfico, en la contaminación, en el consumo en los transportes. 

Unos ganan otros no.

Como en toda crisis habrá empresas que saldrán más fortalecidas. Como por ejemplo las propietarias de herramientas y plataformas digitales entre ellas.

No sabemos cuánto nos va a durar esto. Ni el profundo impacto emocional y psicológico que está generando. Pero dentro de esta tragedia la gente se ha reconectado con lo esencial. Hay un nuevo espacio de encuentro, creatividad, reflexión y amor. Lo relevante vuelve a ser la familia, los amigos, los seres queridos y un poco uno. Porque también hay un redescubrimiento de tu yo analógico, sin filtros, sin seguidores, sin poses ni posturas. 

Es en el silencio de la noche oscura en que miras a través de la ventana y sabes qué queda un día menos para que esto acabe. Y todo ese mundo exterior, que tanto añoras, estará allá fuera, esperando una mejor versión de ti y de la sociedad. Y saldremos menos acelerados. Avanzaremos con un destino claro. Y el mundo se pondrá en marcha nuevamente.

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